Julio Urdin Elizaga
Escritor

Un ideativo qué hacer

«Procesos», fundamentalmente, son los analizados por científicos de toda condición en su afán de comprensión y recreación de un mundo dado previa y posteriormente a nuestro surgimiento. Por ello, no es de extrañar el que se pretenda fundamentar de alguna manera lo que no pareciera ser, sino la justificación de una presencia dentro del mismo. Un ideativo qué hacer para la puesta en marcha de nuestras cosmovisiones de diversa mentalidad religiosa, laica, científica, esotérica, así como de cualquiera otra condición. El mecanismo por el que se rige toda ideación no varía en exceso tampoco en su lineal argumentación. Lo que es ahora debido a lo que fuera tal vez pueda, o no, ser. Siendo en esta última parte donde el nudo gordiano se plantea con un mayor valor especulativo, estando apoyado en los previos de una subjetiva, objetiva e intersubjetiva apreciación. Que somos «irracionalmente racionales», tal y como propone el experto economicista del comportamiento social, Bryan Caplan, no es en modo alguno una interrogante ni afirmación nuevas. Medir la racionalidad de nuestras acciones, que en tantas ocasiones producen efectos irracionales, y viceversa, es algo a lo que se ha dedicado la filosofía, la psicología y las denominadas ciencias sociales desde que surgieran. Y de las que, sin duda, hemos aprendido tantísimas cosas, interiorizadas tanto individual como comunitariamente. Eso sí, a diferente ritmo, según condiciones.

Las ciencias son para la modernidad, desde su clarividente surgimiento, algo así como el uso de la azagaya, el bastón perforado, propulsores y percutores por nuestros prehistóricos antepasados: el aporte evolutivo de un utillaje para la caza del avistado «por-venir». En esta cinegética práctica, dentro de la cosmovisión economicista de la mencionada tradición y autor, cabe recordar cómo las «estrategias venatorias», recogidas en su día por el antropólogo José Manuel Gómez-Tabanera: la persecución, la aproximación, el acecho, el reclamo, el ojeo y el trampeo, no difieren en lo esencial de las políticas de intereses que mueven en la actualidad el mundo de la geopolítica mediada por el imperativo de una modélica supervivencia económica de mercado y capital. Y con objetivo tan claro, al menos para quienes nos gobiernan globalmente, asesores incluidos, lo que sin duda alguna sobra viene siendo la timorata representativa democracia. Esta al menos, parece ser la lección aprendida o sacada de esas quinientas páginas del peor libro que haya leído nunca, apoyándose en nombres de economistas como Adam Smith, Frédéric Bastiat, Simon Newcomb, Ludwig von Mises, Joseph Schumpeter y Paul Krugman; teóricos de la política como Nicolás Maquiavelo, Gustave Le Bon, Robert Michels, Gaetano Mosca y Eric Hoffer; y hasta de novelistas que participan de la condición del filósofo como George Orwell y Ayn Rand; cuya condición heterodoxa –lo que en realidad los une– supedita a su opinión. (Lo es, en la mía, pues desde ese tercio mayoritario que engloba como sociedad al margen de la titulación y la ilustración, no puedo participar del desprecio que manifiesta de todo aquello que impide la hegemonía de su especialidad y de quienes la representan sobre el resto de creencias y cosmovisiones, incluida la política, así como de sus cauces de participación).

El autor se apoya, entre otras muchas, en la cita de Paul Krugman, entresacada de su ensayo "El teórico accidental" del año 1998. Dice así:

«Pues bien, uno de los puntos de este ensayo es ilustrar una paradoja: no puedes hacer economía en serio a menos que estés dispuesto a ser un poco juguetón. La economía (...) es un zoológico de experimentos mentales, de parábolas, si se me permite la expresión, que lo que pretenden es captar la lógica de los procesos económicos de manera simplificada. Al final, por supuesto, las ideas deben ser probadas teniendo en cuenta los hechos. Pero, incluso para saber qué hechos son relevantes, debemos jugar primero con esas ideas en entornos hipotéticos».

Es una observación clásica, también, el que al mencionar los «modelos» afirma no hacerlo refiriéndose a la realidad, desde luego aún menos a la metafísica verdad, sino a aproximaciones que tienen que ver más con virtuales escenarios y representaciones, en este caso, del acontecer económico, político y social. Debido a esto, toda ciencia, en su aplicación, más aún si es técnica, intenta corregir el error en el procesual transcurso de la misma. Por ello mismo resultan llamativas afirmaciones tan demagógicamente concluyentes como las aportadas por Bryan Caplan al defender el papel hegemónico que debe desempeñar la economía y el economista no solo en la política, sino al interior de la institución educativa y en la generalizada creencia que haya de regir, gobernándolos, al común de los mortales en su promedio. Como cuando defiende: «Evidentemente, los votantes no viven en cámaras de aislamiento físicas, pero pueden ser comparativamente ignorantes por elección y decisión propia. Si así fuera, los percibidos fallos de la democracia parecen fáciles de explicar, puesto que serían similares al de este supuesto. ¿Por qué los grupos de interés logran que los parlamentos voten de espaldas a los intereses de la mayoría? La ignorancia racional de los votantes explica esta circunstancia». Cuestión que denomina como estrategia de cabildeo. O, más adelante, nuevamente apoyándose en una cita del politólogo italiano Gaetano Mosca, corroborar como en su creencia, «las cosmovisiones son más una manta que nos liamos a la cabeza por el bien de nuestra seguridad mental que un esfuerzo serio por entender el mundo».

Antropogénicamente hablando no son de la misma opinión intelectuales como el mencionado Gómez-Tabanera, quien proponía como hipótesis para el fenómeno humano, allá por la década de los ochenta del siglo XX, que «pese a que su experiencia como especie no se remonte quizá más allá de cuatro millones de años, llega un momento en su vida como especie, en que su mente aventurera parece haberle convencido de que la técnica en sí no vale nada si la que llamaríamos creencia –o elaboración mítica – no es afianzada a su vez, mediante un particular comportamiento que a su vez será fruto de la técnica, que da nacimiento al rito. Así pues, el cazador humano se hace consciente, quizá a finales del Paleolítico Inferior, de que para ser eficaz la técnica que el mismo ha pergeñado al trascender de la animalidad necesita de algo más que de su misma bondad. Surgirá así, y en virtud de unas primeras especulaciones en torno a la «causa» y el «efecto» de las cosas, un pensar prefilosófico que aunque empieza a exteriorizarse en la Era Pleistocénica seguirá vigente aún en nuestro mundo y en niveles arcaicos».

Es decir, junto a la técnica surgirá un ideativo qué hacer donde no solamente cuenta el utilitarismo de una tangibilidad matérica, sino, cuando menos a la misma altura que la «mano invisible» que da lugar al laissez faire, el intangible espíritu configurador del sentido de la acción: la necesaria, motivadora, creencia plasmada en todo ritual del que la Economía en modo alguno encuéntrese libre.


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