Antonio Alvarez-Solís
Periodista

Una obscenidad política

Si los españoles procedieran con un mínimo sentido político y, sobre todo, con una dignidad combativa ante los abusos del poder sobre la ciudadanía a estas horas ocuparían la calle para enfrentarse al Sr. Rajoy por el anuncio de unas posibles elecciones parlamentarias el día de Navidad de no prosperar su investidura.

Maniobrar el calendario para que se produzca el hecho electoral en el día central de las fiestas navideñas constituye, con la connivencia escandalosa de la presidenta del Congreso, un pucherazo solapado y, en consecuencia, un desprecio a la ética más elemental. En Navidad queda moralmente invalidada toda consulta importante, y de la que hablamos huelga subrayar su importancia, por tratarse de fecha secularmente dedicada de una u otra forma –sea el celebrante católico o no; no sé si el Sr. Rajoy lo es– al recogimiento en familia con ausencia de toda otra ocupación. Esta característica del día es la que convierte la amenazante y posible convocatoria en un pucherazo repugnante avant la lettre y en una obscenidad política, como acabo de señalar. Se trata de una muestra de caciquismo de alcalde de pueblo, caciquismo que en Galicia se practica desde tiempos inmemoriales y que ha sometido a la gran nación gallega a un retraso sensible en su maduración política. Ahora mismo estos caciquismos están troceando al partido socialista. Galicia, repito, no entrará en la modernidad pública mientras no resuelva este problema que conlleva los primitivismos más rechazables.

El Sr. Rajoy, manipulando a la Corona, maniatando a la presidenta del Congreso y envidando una vez más con carta marcada ha decido prescindir nuevamente de la democracia al hablar de una fecha con acento muy doméstico que conllevaría las siguientes consecuencias:

A efectos de la participación, dividiendo el voto entre el fácil de depositar en la urna cercana, como es el caso en el mundo rural, muy importante aún en España por suponer un aporte demográfico muy denso, y el voto más agobiado de complicaciones para su emisión, que es el voto de las grandes ciudades. Esta división entre voto fácil y voto menos apetecible en el marco de la fiesta navideña no es, ni mucho menos, irrelevante. El voto rural falla poco, pues resulta más compatible con otras actividades en el mismo día. La urna, insisto, está al lado de casa. Tal división adelanta, pues, una abstención más alta por parte del voto granurbano, que es el más engorroso, lo cual es muy grave porque se trata del voto más informado políticamente y el de más peso en la gobernación del Estado. Cabe añadir a esta dificultad funcional la fatiga electoral acumulada por las dos elecciones precedentes, tan cercanas, y en un país muy desarmado de pensamiento.

La festividad singular de la Navidad facilita, en consecuencia, un voto muy sensible al caciquismo, como ya hemos indicado; un voto, además, menos afectado por la crisis económica y social en sus perfiles cotidianos, lo que hace de ese sufragio, ya tradicionalmente, un voto muy conservador y reacio a cambiar modos y creencias. Hay que tener en cuenta que en los pueblos funciona aún la fuerza de la vieja vecindad y de los íntimos liderazgos como base de la  convivencia, lo que da al sufragio un carácter más compacto e influenciable merced a esa intervención que actúa cotidianamente sobre la vida común. Esto es de abc en sociología.

Como consecuencia más secundaria de este híspido modo de proceder, tan perjudicial para el país, figura un daño que no se puede obviar en ningún análisis que se precie: el incremento de la inelegancia en los planteamientos y el crecimiento de la violencia verbal o gestual en los debates y contactos públicos, lo que acentúa el temor y sometimiento de los electores carentes de una masa protectora como ocurre habitualmente en los pueblos, ya que los españoles temen el combate en distancias cortas y de visibilidad peligrosa. La derecha, sabiendo todo esto, y sobre todo una derecha ruda y menospreciante como es la española, afronta las elecciones en el ámbito rural con uso pleno de todas estas armas intimidantes y con empleo de protagonistas cuya descripción ahorro si cito como ejemplo la persona del Sr. Hernando, vicesecretario de no sé qué en el Partido Popular. Dudo que la mayoría de los habitantes de la ruralía española sean capaces de enfrentarse a sus alcaldes o a esta clase de dirigentes. Esto hace que la derecha en España de históricamente una imagen espesa y municipal.

Los tres puntos que he mencionado ennegrecen aún más el futuro de la libertad, la justicia y la igualdad en España ante el turbio manejo de la fecha señalada para las próximas elecciones si el Sr. Rajoy capota al fin frente a una izquierda muy ajena a su deber en una sociedad en plena derrota. España no se remediará nada si cree que una oposición de izquierdas, aunque sea severa, puede impedir que un gobierno de derechas culmine el espolio presente. Pensar eso equivale a esperar que podemos superar el ahogamiento presente tirando del propio pie para salir del río. En España la oposición puede ser burlada, como ya se comprobó, con el simple y abundante empleo del decreto-ley, cosa que el Sr. Rajoy repetiría con todo descaro. Bruselas siempre justificará, además, ese remedio pseudo-legislativo por uno de sus socios alegando múltiples razones de seguridad, urgencia o normativa de la Unión.

Esta maniobra para falsificar nada menos que unas elecciones refuerza el predicamento que tienen las trapacerías en este país, que se presentan como una prueba de habilidad en el que engaña y una demostración de torpeza intelectual en el engañado. Lo que digo tiene su más prodigada expresión en la frase de «poner los cuernos», en cuyo acontecer el destinatario de tan despreciable insulto es sorprendentemente la víctima del supuesto engaño por parte de una multitud acanallada. Es decir, el Sr. Rajoy anuncia la presunta conversión en cornudos a la fuerza de todos los demócratas que ahora han de padecer la chocante y fea invención entre los posibles aplausos de una multitud de ferial barato. Esta captura de la libertad recuerda mucho a la caza furtiva. A propósito de lo que indico hace solamente tres días que a una serie de honrados ciudadanos les han sido puestos los «cuernos» políticos por medio de un innoble Estado que declara libre a un penado, según mi análisis injustamente condenado, pero le arrebata la función más elevada que consiste en representar en un Parlamento la ambición soberana de su pueblo. Libre por fuera, encarcelado por dentro. ¡Magnífico invento! Me refiero al caso del Sr. Otegi, persona en la que admiro su lucha por la paz y su indeclinable fortaleza en la dignificación de las urnas. Cabe añadir, no obstante, que esta injuria a lo justo servirá para fortalecer la lucha política en la calle por parte de unos vascos que aman entregadamente a su patria frente al retorcido comportamiento de una serie de políticos y parlamentarios. La andadura moral de España siempre ha tenido propensión a la caída por hacer la política solo con los pies.

Lo más doloroso de lo que queda escrito es que proceda de un español que, con lección de Cervantes o del cardenal Cisneros, siempre prefirió a Erasmo como antepasado intelectual ante las furias patrióticas de los ilustres y numerosísimos ignorantes. Ser un desterrado en el lugar de nacencia constituye la más triste situación que pueda darse. No quiero acabar, pues, este papel en que voto por el alma libre, sin citar esta frase del teólogo Leonardo Boff sobre lo que significa la liberación integral del ser humano: «La liberación supone la liberación de un tipo de dependencia vivido como un proceso deprimente y depauperador… Exige…Exige una radical ruptura con el ‘status quo’ de dependencia, no para buscar a otros de los que depender, sino para que haya una convivencia humana más fraternal…, para desobstaculizar la conducción independiente y autoaseguradora del propio camino».

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