Rebeka Gonzalez de Alaiza, Josebe Blanco, Pablo Lorente, Alvaro Campos y Adrián Almazán

Una transición energética a la raíz del problema

Nuestro planeta y nuestro pueblo sufre un proceso de degradación ecológica, económica y social sin precedentes. Numerosos indicadores nos hablan de un deterioro de las condiciones de vida de nuestra especie. El calentamiento global, la sexta extinción masiva o la acidificación de los océanos solo son tres ejemplos de una lista que no ha dejado ni dejará de crecer con la senda capitalista actual.

No hay duda de que la prioridad de una persona enferma debe ser atajar los síntomas inmediatos. Sin embargo, un tratamiento con garantías tiene que fijar su atención en la causa primera de la enfermedad si quiere que esta desaparezca de forma definitiva. El calentamiento global, la deforestación, las migraciones, las guerras por los recursos... son síntomas de una enfermedad mucho mayor: la ruptura metabólica, el desequilibrio entre los impactos de la actividad humana y la capacidad de reposición de nuestro planeta. La tierra ya no puede seguir asimilando el precio del incesante crecimiento capitalista, esa extraña enfermedad que contagió al mundo humano hace poco más de un siglo, pero que se ha extendido como una infección hasta el último rincón de nuestro planeta.

Desde esta perspectiva, cerrar estas sangrantes brechas metabólicas debe ser la prioridad de cualquier sociedad que aspire a ser sostenible. De esta manera, podríamos preguntarnos qué tiene más valor en la tercera década del siglo: ¿defender un monte, un parque, un río o un bosque o declararlo de utilidad pública para su posterior industrialización y venta en el mercado? Pese a que pueda parecer obvia, la respuesta a este dilema no es fácil, pero conocer las motivaciones, medios y agencia de quienes marcan el paso de la «transición energética en marcha» puede ser un buen primer paso para evaluarla.

Si hasta hace poco el capital era gris, en los últimos años se está reverdeciendo aceleradamente. Las élites económicas y toda la clase política lo tienen claro: la «transición energética» es una nueva oportunidad de desarrollo, un nuevo nicho para la oferta crezca y abrir nuevos mercados. Y es en el desarrollo tecnológico donde se hace fuerte, negando toda transformación adicional. Todo lo que no sea la instalación a gran escala de nuevas tecnologías es rechazado como potencial solución. Su gigantismo se compone de grandes polígonos de renovables y líneas para su transporte. La mercantilización de la naturaleza se propone como única vía para recuperar su equilibrio perdido. Todo lo demás queda fuera: la necesidad material de la transición, la presión sobre los suelos, los impactos en la biodiversidad, la justicia territorial, la eficiencia económica de las inversiones públicas, el transporte comunitario y no privado, el reparto del empleo y la reducción de la jornada laboral, la agroecología, la propiedad y el control de la energía...

Ante esta realidad, en Euskal Herria cada vez más personas se rebelan ante la industrialización de la naturaleza. Y no porque crean que no necesitamos molinos de 200 metros o grandes extensiones de producción fotovoltaica, sino porque detrás de su desarrollo ni se ve ni se espera ninguna noción de límite ni suficiencia, ningún plan serio de desescalado energético. Observamos que el único timón de este proceso es la búsqueda de lucro privado. Más, siempre más. A raíz de esta preocupación múltiples plataformas vecinales y asociaciones de defensa del territorio están dedicando tiempo y recursos para alertar contra esta falsa transición energética, alegando contra numerosos impactos de estos desarrollos, muchas veces poniendo su propio dinero únicamente para garantizar que la administración haga su trabajo. Estos colectivos, coordinados bajo la red de apoyo mutuo Euskal Herria Bizirik, lejos de recibir un reconocimiento por su labor de custodia y protección presente y futura del territorio han recibido ataques, siendo tachados de retardistas, irresponsables, excesivamente emocionales, y desconocedores de todo el entramado técnico que requiere la transición. Se les ataca como si esta transición fuera la única posible, como si no necesitásemos en realidad una transformación socioecológica muy distinta.

En apoyo de esta necesaria acción de defensa del territorio a lo largo de Euskal Herria, 75 personas, de diversos sectores y ámbitos profesionales, lanzamos hace apenas dos semanas el manifiesto "Megaproiektu berriztagarrien egungo hedapenaren aurka eta bizitzaren alde". Desde entonces, dicho manifiesto ha recabado más de medio millar de firmas aglutinando perfiles que representan la pluralidad de la sociedad vasca. Dicho manifiesto denunciaba el diagnóstico parcial e interesado que se hace por parte del mundo empresarial e institucional, cristalizado en las leyes autonómicas de Cambio Climático de nuestro territorio. En este sentido, expresaban su apoyo a la convocatoria de manifestación nacional de EH Bizirik que tendrá lugar el próximo 13 de abril en Azpeitia.

Adicionalmente, el manifiesto, que seguirá recabando apoyos más allá de la manifestación del próximo sábado, se vertebra en torno a 10 ejes de actuación que consideramos esenciales para llevar a cabo una transformación energética justa capaz de hacer frente a la insostenibilidad actual. En el mismo se apuesta por el desarrollo de nuevas herramientas de planificación energética local para los territorios, se apunta a la necesidad de relocalizar y desescalar el modelo productivo, se insta a mapear de forma urgente el potencial local de recursos, se señala la centralidad de la protección y regeneración de los ecosistemas, se exige el fomento de un sistema distribuido a menor escala que priorice la reducción de la demanda y el desarrollo de sistemas universales de autoabastecimiento local. En suma, se plantea la necesidad de un reparto más justo de impactos y beneficios, una democratización efectiva de los sistemas energéticos mediante la relocalización de la producción y de las responsabilidades, que no se traduzca una vez más en una nueva ola extractivista sobre otras latitudes.

Si bien algunos puntos no son directamente aplicables bajo el actual marco normativo en relación a la transición energética, eso no los invalida, no los hace irreales. Todo lo contrario, es una señal de la urgencia con la que debemos iniciar una ambiciosa transformación de las prácticas e instituciones ligadas al uso energético para dotarles de la capacidad de conducirnos a una drástica reducción del consumo y a un uso más eficiente y justo de los recursos. Dicho esto, esperamos que, lejos de ahondar en la brecha existente entre quienes defienden el desarrollo acrítico de infraestructura renovable y las plataformas en defensa del territorio, sirva dicho manifiesto como base para avanzar hacia un equilibrio armónico y justo de las actividades humanas con la naturaleza: una verdadera sanación de la enfermedad que pudre nuestro cuerpos-territorio y que amenaza nuestro futuro.

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