Antonio Álvarez-Solís
Periodista

Una verdad en un mar de falsedades

Pasará a la historia política de España, con sólo nota a pie de página, como el político del rastro, como el chamarilero del top-manta, como el vendedor a trozos del país a cuyo gobierno accedió por la escalera de incendios. No he conocido a nadie durante mi ya larguísima existencia con menos dignidad personal y pública.

Dejará una España sólo recuperable tras abandonar los ámbitos de las grandes superficies merced a una noble decisión de independencia. Una España que hoy habría que liquidar, de seguir así, en el top manta a precio variable. Ha mentido en todo y sobre todo. Ha encabezado gobiernos impresentables salidos del patio de Monipodio, mientras el soberano seguía su paseo espiritual por los jardines del Gran Retiro. Deja una España inservible que ya no sirve siquiera para llevarle un céntimo a los amos tras haber metido la mano huidiza en todas las faltriqueras. Es la última novela ejemplar de Cervantes y la primera de la actual literatura porno. No se sabe si es un mágico alquimista o un cabalista de esquina y tenderete. En cualquier caso deja tirada en un rincón de Europa la nación del penúltimo lugar.

El jueves pasado, 28 de agosto en todos los relojes, como decía Federico, incluso en los relojes empeñados, reunió a los periodistas para comunicarles que había decidido aceptar la formación de gobierno… pero, eso sí, si obtenía los votos suficientes para recuperar en propiedad la Moncloa. Entretanto, todo seguirá lo mismo, aunque con muchos españoles sometidos a la descarada amenaza de la vicepresidenta del gabinete ministerial que ha anunciado que de seguir sin gobierno pleno no será posible subir el 1% en los salarios africanos con que muchos trabajan en esta parte peninsular de la Europa aria ni añadir un 0,25% a las pensiones de los ancianos que se han quedado, además, sin el único espectáculo gratis con se entretenían: ver como se echaba el «concreto» de cemento en las zanjas que abrían las obras públicas de su barrio; obras públicas que están desapareciendo del mapa o que revelan un soporte de fraude en muchos casos. O sea, que votamos al caudillo atómico o habrá que suprimir el azúcar del desayuno. Sra. Sáenz  de Santamaría ¿por qué no se pone usted a régimen de recortes y deja en paz a los que únicamente comen, cuando pueden, lo que encuentran para llegar con vida a la comida siguiente?

En esas declaraciones del Sr. Rajoy tras la desleal visita a Su Majestad el Rey –rey suyo es, y muy suyo aunque lo comparta sonoramente con los socialistas arrepentidos de serlo– las falsedades se iban acumulando como si constituyeran un mantra. En este sentido el Sr. Rajoy es en política el gran beneficiario del Pokemon Go, ese estúpido juego de atrapar monstruos que entretiene ahora a la frágil y simple sociedad española, que ha pasado del heroísmo de atrezzo a la búsqueda del Duende Pintón. Dijo el líder en primer término, como siempre, que acudía a la cita periodística confortado por la noticia de un nuevo descenso del paro. Citó creo el número de doscientos o trescientos mil empleos más, pero olvidó concretar que el 25% en esa disminución de parados se debía a la gente que ya ha abandonado la búsqueda de empleo, por muerte, incapacidad o exilio y que muchos de los empleos no dan de sí, como decía el proverbio, ni para que cante un ciego, además que desaparecerán en el olvido cuándo el sol deje de ser caritativo y los pobres hayan de volver al milagro. El trabajador español es evidentemente un milagro que escapó a la atención devota de doña Pitita Ridruejo, dama a la que admiro por su inocencia espiritual. Pero aún admitiendo que esos empleos fuesen realmente empleos y no el neumático que se arroja a los náufragos para que se ahoguen más despacio, el caso es que seguimos en un paro absoluto del 20%. Primera falsedad tremenda expelida en la conferencia rajoniana.

La rueda informativa prosiguió con la exhibición del alivio concedido por Bruselas para retardar dos años el pago de la multa que España deberá abonar por su monstruoso déficit público. Otro éxito internacional de España y no de la sombra inquietante del Brexit, como dicen los maliciosos. Pero mientras transcurre ese bienio Madrid y España entera deberán enfrentarse a nuevos recortes multimillonarios que nos facilitarán una breve salida del arca en que flotamos para supervivir al diluvio y poder, tras el pago, lucir el taparrabos político en la playa de Bruselas. Segunda falsedad. Y así cabria ampliar la lista de las cifras miserables.

Pero hubo un solo y fugaz momento en que apareció una verdad que, sin embargo, pasó sin dejar rastro sobre las cabezas inermes de los periodistas, hundidas en sus ordenadores, que son su mundo real. Fue cuando una periodista –a la que no enfocaron las cámaras– hizo con suave y tranquila voz la pregunta que muchos electores llevamos meses esperando: «Sr. Presidente, si logra gobernar con apoyos exteriores o merced a alianzas sobrevenidas ¿qué hará usted con las combatidas leyes de la reforma laboral, de la LOMCE, de los desahucios…?». Y al escuchar eso el Sr. Rajoy enfurruñó el gesto y dijo más o menos que esas leyes estaban aprobadas y han resultado benéficas

¿Han oído eso los socialistas, los sugestivos diputados de Ciudadanos o de algunas formaciones nacionalistas y proderechistas que están a la espera del hueso que sobre en el banquete «popular»?. Es decir, que la cacareada propuesta del PP para discutir ciertas cosas y limarlas delicadamente, si es preciso, cabe en la lista solemne del Sr. Rajoy, y son: el respeto a la Unión Europea, la integración en la organización militar común, el antiterrorismo, el apoyo a las unidades estatales, el comercio dentro del marco de los tratados preñados de monopolismo, la primacía del mecanismo bancario, disminución incluso de algo del gasto en armamentos, la expulsión de los inmigrantes… Todo eso admite un cierto retoque según las circunstancias y si se hace con la suavidad con que se enriquece la piedra del diamante y si la oposición parlamentaria decide al fin que para tener gobierno hay que transigir algo por parte del Sistema.

Lo que no es posible en manera alguna para firmar un pacto de gobierno con el Sr. Rajoy es la propuesta de las siguientes vulgaridades: que se decida la mejora sustancial de los salarios tanto en su cuantía como en su mantenimiento, que los convenios colectivos cobren realidad y fuerza, que se supriman los desahucios que dejan sin techo a los que no tienen otra cosa, que pueda recurrirse a una banca pública para evitar la «mordida» del sempiterno accionariado, que se mejore y humanice la sanidad pública y gratuita, que se ciñan los presupuestos del Estado a las exigencias vitales del país, que se vigilen las fronteras para protegernos de competencias antisociales, que se protejan los centros de política popular y se elimine la «ley mordaza», que se obligue a todo tipo de funcionarios a respetar el carácter soberano del ciudadano en el ejercicio de sus libertades, que no haya más que una jurisdicción de justicia con una fiscalía de elección pública; en fin, que se prime todo lo público respecto a lo privado.

Si el Sr. Rajoy y su partido no aceptan estos principios hay que hacerse seriamente dos preguntas desde la calle: ¿para que apresurarnos en tener gobierno? ¿por qué esa alarma a que se repitan una y otra vez las elecciones si la suma de los que quieren otro sistema social es superior a los que se aferran a la vieja satrapía? Hasta que el pueblo no elija mayoritariamente el infierno tenemos derecho a la gloria. No entiendo las vueltas que dan los socialistas y otros partidos para evitar un frente popular digno de tal nombre. En realidad, ¿somos aún tan fascistas?

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