Catedrático de Ciencia Política de la UPV-EHU
Virus y contravirus

La crisis pandémica ha generado en distintos grupos sociales una reorientación o, al menos, un autocuestionamiento de su cultura anterior.a crisis pandémica ha generado en distintos grupos sociales una reorientación o, al menos, un autocuestionamiento de su cultura anterior. Una distinta actitud frente al otro, frente a los otros. Una actitud más solidaria, más compartida.

28/05/2020

La pandemia aparece como un escenario de desolación. Al mismo tiempo, elabora y nos envía diversos virus que impactan en nuestras vidas, en la enfermedad y la muerte, y también en nuestras conductas. Son virus que refuerzan y extienden los valores y actitudes individualistas de la población.

El virus del miedo refuerza las conductas ligadas a la inseguridad, conduce a la pasividad y, por supuesto, en ningún caso tolera que tomemos decisiones que impliquen solidaridad y compartir con otros. El miedo provoca la soledad y el rechazo a la dependencia de los otros. El miedo solo nos permite esperar que el Estado –a cambio de nada– solucione, no los problemas de la población, sino mis problemas.

El virus de la inseguridad es el hermano –quizás el padre– del virus del miedo. Incrementa la incertidumbre sobre lo que está pasando e impide comprender y articular soluciones respecto al futuro. La incertidumbre autolegitima la soledad, solo conectada con el exterior a través de la desesperanzada esperanza de que «el gran Otro» –el Estado– conceda paz a nuestro desaliento.

Uno más. El duro virus que, surgido desde la pandemia, tiene origen en los principios que rigen el sistema económico. Su ADN es colonizar la vida con la lógica del mercado, y así reducir nuestra acción a una mera individualidad aislada, guiada por los principios del gen egoísta. Junto con sus hermanos –el virus de la incertidumbre y el miedo–, conduce a la desconfianza radical en las soluciones colectivas, a creer que solo lo impuesto por el poder, mejor, por la autoridad, resuelve los –mis– problemas.

Esta coyuntura pandémica también ha incrementado la producción del virus de la estupidez. Un virus más de «la red pandémica» con el que se retroalimentan, conducen y protegen las actitudes antes descritas. ¿Cómo opera el virus de la estupidez? Una conducta frecuente: gentes en la calle exigiendo libertad para no estar confinados, para hacer la vida social o el ocio que les dé la gana y, por tanto, exigiendo libertad para poder contaminar a los otros, y a ellos mismos. Habría que dar por supuesto que no son gentes partidarias de liquidar, a través de la contaminación, a sus semejantes, aun cuando los consideren semejantes... inferiores. Por tanto, hay que interpretar que son tan ignorantes que no se dan cuenta de algo tan obvio como que el ejercicio de la libertad que ellos demandan conduce a la liquidación de los otros. Hay que ser muy estúpido para no darse cuenta de tan objetiva y contundente relación de causa y efecto. Pero parece que este virus es suficientemente poderoso, tanto para generar y disimular estas conductas, como para alimentar las infecciones de individualismo, egoísmo y desprecio a los otros, generadas por los otros virus mencionados. También se puede considerar que, al darles la posibilidad de la acción exterior, su función será la de aliviar sus soledades. Un invento idiota, pero que por lo que parece... consuela

No es cuestión ahora de poner nombres a los laboratorios que producen estos virus. Son muy conocidos. Lo que sí ha de resaltarse es que la coyuntura pandémica favorece su extensión. Y que son recibidos no con resignación, sino en muchos casos hasta con entusiasmo por parte de relevantes sectores de la población.

Pero también, afortunadamente, se ha dado –se esta dando–, el proceso inverso. A través de la aparición de diversas redes de solidaridad, la epidemia ha demostrado que existe una cultura solidaria. La que proviene de nuestra naturaleza empática y social que es capaz de ponerse en marcha en momentos de crisis, en coyunturas como las que estamos viviendo que evidencian la necesidad de respuestas colectivas dirigidas a cambios sistémicos marcados por el establecimiento de la igualdad solidaria.

Surge un sentimiento intuitivo –más emotivo que racional– en muchos sectores y clases de la sociedad que se expresa en una pregunta clara –¿Qué es lo que nos ha ocurrido?– y en una respuesta intuitiva: lo que nos ha pasado tendría que hacernos pensar que deberíamos vivir de forma distinta frente al consumo, frente a la naturaleza, frente a la relación con los otros, frente a lo común... Son intuiciones que no tienen por qué derivar hacia alternativas racionales. Sin embargo, con las mismas se hace más comprensibles, más cercanas y aún más merecedoras de apoyo las propuestas de movimientos y organizaciones que formulan –ahora ya con razones concretas– modos de vivir en y desde lo común.

La crisis pandémica ha generado en distintos grupos sociales una reorientación o, al menos, un autocuestionamiento de su cultura anterior. Una distinta actitud frente al otro, frente a los otros. Una actitud más solidaria, más compartida. Sin duda, la presencia de estos cambios y su intensidad varían dependiendo del sector social. Esas distintas condiciones sociales también han influido en la intensidad del deseo y en la mayor o menor radicalidad de cambio del horizonte, de lo que debe hacerse a partir de esa nueva visión sobre los otros.

Parece probable que se activen nuevos movimientos, o viejos transformados, que exijan ya un conjunto de transformaciones sistémicas que se expresen en un sustancial protagonismo del interés público, en la extensión de la igualdad, en la defensa del bienestar común y en la gestión comunitaria de las cuestiones medioambientales, alimentarias, y, por supuesto, en las decisiones que afectan a las estructuras del sistema económico. Son movimientos que podrían lograr el respaldo de aquellos grupos sociales que, a partir de esas intuiciones y experiencias comunitarias y solidarias, asumirían reivindicaciones tejidas con los valores de lo solidario, lo común y lo público. Este apoyo ciudadano está animado por el sentimiento –cruzado por el coraje y la esperanza– de que no tiene sentido seguir viviendo así, de que hay que transformar nuestras formas de vida. Y sabe también que hacer posible esa otra vida exige una movilización dirigida a transformar los sistemas y contextos en los que vivimos. Que así sea.

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