A un piernas, espalda
Asistí, con sorpresa y disgusto, a los hechos que sucedieron a la incomparecencia –lastrada de caquitas– de un tal Vito Quiles en Deusto.
El primer minuto del disgusto corresponde a la importante movilización popular para repudiar al personajillo en cuestión. ¿Quián es el tipo? Un piernas. Ni más ni menos. No merece ni la consideración de nuestro desprecio o cabreo. Un piernas, amigas y amigos. Qué le vas a hacer: se nace lerdo y más lerdo se agosta y desaparece sin dejar más recuerdo que el de un discreto que se lo encontró en un oscuro y le calcó la palma abierta en el papo.
Lo dicho. Un piernas que no merece ni la tinta con la que escribo estas líneas.
También me sorprendió –consejos vendo y para mí no tengo– la determinada reacción de tantas amigas y amigos que perdieron tiempo en acudir a llamar sinvergüenza a quien, tal vez, no pudiera ni siquiera comprender lo que ello significa. Un pobre piernas.
Luego vino el jaleo. Y me disguste más.
No, en ningún caso, por la combatividad ante el fascismo. Sino por el vacío que intuía en las trincheras.
La lucha, sólo la lucha, hace avanzar al progreso. No nos engañemos.
Pero si equivocamos el camino nunca alcanzaremos la cima, sino la profundidad de la sima. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Dicho queda. A un piernas, espalda. El tablero de juego está preparado en pocas semanas. A los peones nos toca avanzar.