Aulas universitarias y ordenadores portátiles
Soy un estudiante de Grado en filosofía de la Universidad Complutense. Con anterioridad me diplomé en enfermería y me licencié en ciencias políticas y sociología, carrera en la que fui Premio Nacional de Terminación de Estudios Universitarios. Desde que comencé filosofía, en el curso 2010-2011, me encontré con un grave problema en las aulas que antes no existía: me refiero a la utilización de ordenadores portátiles para tomar apuntes. En concreto, el problema reside en el ruido que estos aparatos generan con el constante repiqueteo de sus teclados, impidiendo escuchar con claridad las explicaciones de los profesores.
Las quejas a las autoridades académicas y a los propios docentes han sido soslayadas con el argumento de que estas nuevas tecnologías son imprescindibles en el mundo en el que vivimos. Se aplica así el llamado Imperativo tecnológico, que nos «obliga« a hacer todo lo que técnicamente es posible hacer; pero se obvia lo que yo denomino el Prejuicio tecnológico, que consiste en creer, de forma ingenua, que todo lo que la tecnología nos aporta es necesariamente bueno, haciendo caso omiso de sus efectos indeseables como por ejemplo, en la circunstancia que denuncio, el ruido que imposibilita llevar a cabo con eficiencia el proceso de comprensión de un discurso complejo.
Con independencia del importe de las tasas, cada vez más elevadas, los estudiantes tenemos derecho a exigir una formación académica de calidad y esta incluye, sin duda, poder oír y entender las palabras que pronuncie el profesor. Por eso, desde aquí insto a los rectores de nuestras universidades a que regulen de una manera racional el uso cada vez mayor de los portátiles durante las clases magistrales que caracterizan al sistema español de enseñanza universitaria, las cuales exigen como mínimo tanto silencio y concentración como los que, todavía, se reconocen como necesarios en las salas de estudio de las bibliotecas.