Autoridad, responsabilidad y deber
Nos educaron en el cumplimiento del deber, de aquello que debíamos hacer o no para ser aceptados. En la escuela aprendimos a memorizar conceptos e ideas, aunque con frecuencia se olvidaron de preguntarnos por nuestra visión de las cosas, para elaborar nuestras propias conclusiones.
Siempre han sido otros, padres, clan, autoridades, los que han marcando el camino, preestablecido de antemano, restringiendo así la posibilidad de cambios profundos y significativos a la larga en nuestro comportamiento social.
Reflexionar sobre esto, y sobre el sentido personal y social de nuestra responsabilidad, entiendo es ahora más necesario que nunca. Una responsabilidad que tiene dos partes bien distintas: 1. respuesta –que no es reacción, o acto inmediato e irreflexivo– y, 2. habilidad, para llevar a cabo esa respuesta.
Ante los conflictos que pueden surgir, nuestra responsabilidad primera ha de ser siempre no provocarlos, teniendo en cuenta el respeto que merecen los otros, unos «otros» que tienen programaciones educativas, políticas, religiosas o de cualquier otro tipo que han de ser tenidas en cuenta, para evitar crear más muros. Y poder mirarnos a los ojos, desde ese interior que nos brinda la mejor respuesta a nuestras desavenencias.
Comprender que las cadenas de nuestra libertad no están fuera –como venden algunos para manipularnos–, sino dentro, y que solo desde dentro y con habilidad podremos evitar ese miedo que nos atenaza y nos enfrenta, y liberarnos.