Ana Larrañaga | Gautegiz-Arteaga

Cebada Gago melocotón

Me gusta dormir y algo tiene que pasar para que me levante antes de las 10 pero del 7 al 14 de julio hay una alarma en mi cerebro que me despierta exactamente a las 7,50 y en 5 minutos estoy frente al televisor viendo el encierro cada mañana. Hoy 7 de julio tocaba  correr la ganadería de Cebada Gago, la fama les precede – nerviosos, impredecibles y por tanto peligrosos- , y efectivamente ha sido un espectáculo, importa  tanto la pasión que transmite el locutor como las  imágenes que se muestran, los corredores hacen movimientos de calentamiento pero en sus caras hay un rictus indefinible entre preocupación, miedo y emoción.

Cuando se abre la puerta de toriles, la imagen es espectacular, los toros: bellos y nobles mezclados con los cabestros, ellos solos, hasta encontrarse con los mozos; uno de los toros, Melocotón que así le nombra el locutor seguramente por su piel de tal color, se ha puesto en cabeza de la manada y como quien supiera perfectamente el camino se dirige  a la plaza. Cuando en la carrera se mezclan toros-mozos, la belleza es otra, distingo entre los que saben hacerlo e impecablemente vestidos de blanco y rojo, con el periódico en una mano, dirigen al toro con respeto; un palmo les separa del morlaco, lo perciben cerca pero el miedo que seguramente sienten, lo transmiten con elegancia y saber. Por el contrario los hay que con el valor que se le supone al asustado, corren despavoridos, intentan tocar a la bestia y en el colmo del despropósito hacerse un selfie, !increíble ! .
 
Unos irán por la tarde a la corrida sin más preocupación que lleguen las «magras con tomate» y el vino. Otros sentirán con desgarro, tanto como la mayoría de los que hemos estado viendo el encierro, que esos preciosos animales: bravos, nobles y bellisimos, sean torturados hasta morir.

El magnífico espectáculo requiere una reflexión profunda para un cambio no fácil.

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