Rakel Arjol Echeverría

¿De qué cultura estamos hablando?

¿De verdad alguien cree que a las feministas nos afecta menos una agresión sexual si el agresor no es español? Si alguien piensa que solo queremos señalar a ciertos agresores, le invito a escucharnos más y a interrumpirnos menos. Porque el feminismo no mide el daño por la nacionalidad de quien agrede, sino por la violencia que sufrimos las mujeres, haya nacido donde haya nacido el agresor.

Lo que hemos comprobado las feministas es que en prácticamente todas las agresiones sexuales hay un denominador común: el agresor es un hombre. Y que cuando ese hombre es español, blanco o rico, muchas voces se apresuran a decir #notodosloshombres o a poner en duda nuestro testimonio, como si acudir a una comisaría o a un juicio fuera un pasatiempo.

Ahora, cuando el agresor no es español, aparece otro argumento: «que respeten nuestra cultura». Pero, ¿de qué cultura hablamos exactamente? ¿De esa en la que casi cada semana una mujer es asesinada por un hombre? ¿O de la que registra miles de delitos sexuales al año, la mayoría cometidos por hombres nacidos aquí? Si esa es la cultura que hay que «respetar», quizá deberíamos empezar por cuestionarla.

Porque si de verdad existe voluntad de erradicar la violencia machista, conviene mirar cerca. Empezar por los amigos, los compañeros, los familiares, por uno mismo incluso. Porque parece que todos condenan la violencia cuando el agresor es desconocido −y mejor aún si es extranjero−, pero curiosamente nadie tiene un amigo que haya agredido a una mujer. Las cuentas no salen.

El feminismo no señala pasaportes, señala comportamientos. Y mientras haya hombres −de cualquier lugar− que sigan creyendo que su deseo está por encima del consentimiento, seguiremos señalando el machismo, venga de donde venga.


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