Iñaki San Sebastián Hormaetxea | Areeta-Getxo

Escurridiza transición

Los resultados electorales del 28 de abril, en la España siglo XXI, no cabe duda que generaron una cierta ilusión. Algunos mayorcitos, entre los que me encuentro, llegamos a pensar que la eternamente inacabada transición política española daba un pasito al frente. ¡Qué pena! Tres meses después la tal ilusión empieza a marchitarse. La incapacidad de nuestros elegidos ante la realidad de la incuestionable pluralidad político-social del Estado español, resulta desoladora. Unos, con una terquedad que genera demasiadas sospechas, pretenden retrotraernos al pasado. Otros, manejando un lenguaje pretendidamente progresista, parecen quedarse una y otra vez a mitad de camino, faltos de un puntito de valentía. ¿Veremos la salida del túnel, antes de que se nos derrita el cerebro en los calores de julio?

Sin ser experto en nada, diría que la oscuridad por la que camina España la generan tres viejos conflictos, para los que no parece fácil encontrar una solución. El tema territorial con protagonismo alternativo en Euskal Herria y Cataluña; las profundas desigualdades sociales a lo largo y ancho de la piel de toro y, por último, la soterrada batalla entre la mayoría de votos y la mayoría del dinero.

A la mayoría de la gente los que más les duelen, porque les afectan directamente son los dos últimos. Diríamos que son el pan nuestro de cada día. Y, sin embargo, las grandes batallas diarias, entre nuestros políticos, tienen que ver con el primero, el sacrosanto tema territorial. Este debate diría que tiene dos características. Por una parte sirve para ocultar mucha miseria, sin más. Por otra, es uno de los mejores ejemplos de una conversación entre sordos. Se puede hablar de todo, menos del problema político de fondo, tanto en Cataluña como en Euskadi y Navarra, tal como lo plantean las urnas cada vez con más nitidez ¿Cómo no analizar en profundidad el fenómeno de la práctica desaparición del conservadurismo constitucionalista español, en estas nacionalidades? ¿Y qué decir de las posibilidades que ofrece la Unión Europea, siendo como somos todos europeos, para una convivencia armónica entre catalanes, vascos, navarros y españoles? ¿Tendremos que seguir viendo, con cara de bobos, como la escurridiza transición se nos vuelve a ir de las manos?

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