La «dividida» unión pensionista
Emociona ver a las gentes pensionistas que salen semanalmente a la calle a discutir, votar en asamblea y manifestarse. Personas con larga vida de lucha y reivindicación que no se resignan a que no les actualicen, les recorten o quiten lo que tanto costó ganar. A perder nivel de vida ni de dignidad para ellos-ellas y quienes vienen detrás.
En ocasiones consiguen unirse a otros sectores y organizaciones y convocar acciones conjuntas. Por ejemplo, el pasado día 5, unificando de nuevo sus preocupaciones sectoriales con el organismo que han creado familias de residentes en centros de mayores que denuncian la realidad de esas residencias en la pandemia. Un ejemplo de solidaridad y unidad.
Sorprendentemente, sin embargo, cada vez que llaman a una acción más importante y unitaria algún medio suele titular automáticamente: “Los pensionistas divididos”. Esa supuesta “división” está normalmente protagonizada por la opinión de José Agustín Arrieta, presentado como responsable de Agijupens (Asociación Gipuzkoana -sic- de Jubilados y Pensionistas), subrayando siempre que ese organismo “aglutina a 37.000 socios de los Hogares de Gipuzkoa”.
La misma coletilla de la división y de los 37.000 en contra se usa cuando se informa de la acción unitaria ya realizada, como así sucedió el domingo 6. Que estas valiosas gentes que desafían a la comodidad, edad o meteorología sean informadas cada vez que se movilizan con que tienen a esos miles de colegas en contra es cuando menos frustrante y desanimante.
Pero esa lectura de la realidad ¿es objetiva? Agijupens, registrada en el Gobierno vasco como “familiarista”, da carné de socio a toda persona jubilada que lo solicite. Su finalidad y razón de ser no es mayormente intervenir en movilizaciones sino digamos que más “recreativa” o “asistencial”, con asambleas organizativas formales cada varios años y nunca de debate sociopolítico.
¿Quién y cómo decide, en consecuencia, posicionarse sistemáticamente contra las acciones de los colectivos activos? Si fuera una opinión personal de su presidente se estaría arrogando constantemente la opinión de esos miles de socios sin consulta alguna de por medio. Incluyendo además anormalmente a personas individuales con carné de Agijupens, e incluso a algunas agrupaciones locales de esa asociación, que participan activamente en las movilizaciones.
Este portavoz es permanentemente presentado como representativo de las preocupaciones pensionistas, pero su labor pública parece centrarse no en organizar o convocar labores de debate, de presión, de movilización, etc. en favor del sector sino en proclamar su disconformidad con las que convocan los demás.
Se llega además a generalizar el ámbito de esa opinión no sólo a los miles de socios/as de la asociación guipuzcoana sino a todos los pensionistas de Euskadi, según se titulaba, por ejemplo, ante la convocatoria de manifestación del día 5: “Los pensionistas vascos divididos”. Puestos a sumar se informaba en la entradilla que a Agijupens se unía el colectivo Txingudi. Aunque leyendo luego el texto general resultaba que este organismo (“uno de los más numerosos”, se subrayaba, pero con tendencias internas contrapuestas en muchas ocasiones, creemos saber) basaba su descontento “divisor” en “las limitaciones ligadas al Covid”. Un estilo informativo cuando menos confuso.
Desconocemos qué intenciones mueven a este llamado “portavoz”. Tiene todo el derecho a usar su tiempo de jubilado y disfrutar de relevancia pública haciendo la contra a sus semejantes de edad y condición más activos. Pero se supone que lo debería hacer individualmente y no arrogándose permanentemente nada menos que la opinión de casi 40.000 personas.
Cada medio informativo tiene también pleno derecho para servir de privilegiado y persistente altavoz para esos menesteres desmovilizadores. Pero cada vez que se usan esos mantras contra los llamamientos de los jubilados activos se contraviene quizás la deontología y honradez periodísticas.
Duele sobre todo que en un mar de injusticia, desigualdad, egoísmo e individualismos se torpedee tan injustamente a unas gentes que cada lunes (y algunos sábados) parecen ser precisamente las más dignas, solidarias y responsables con las que te puedas cruzar en la calle.