Iñaki San Sebastián Hormaetxea

Navidades de luto

Las cifras diarias de muertos ensombrecen el panorama. Normal sentirse más bien pesimista, siendo ya mayorcito, ante la agresividad con la que la pandemia acosa a casi todos, asaltando fulminantemente a los más vulnerables. En la práctica no da descanso porque, si no te atrapa, al menos te obliga a estar alerta y emplearte a fondo para esquivarla.

De todos modos hemos de reconocer que hay diferencias. No cabe duda de que las tremendas desigualdades sociales nos convierten, a unos y a otros, en más o menos privilegiados o más o menos víctimas, siendo estas últimas las más necesitadas de ayuda inaplazable, por urgente. Retumba en el ambiente un SOS que tendría que implicarnos a todos y a cada uno de nosotros, en la medida de nuestras posibilidades. Llegados a este punto y dadas las mencionadas urgencias, suele surgir un debate entre dos conceptos que  siendo complementarios, a veces crean una cierta confusión, en cuanto a  la obligatoriedad o compromiso colectivo de erradicar los problemas: la beneficencia y la Justicia.  

Yo que en el fondo no me considero experto en nada, diría que la beneficencia está muy bien pero huele a moralina, a solidaridad individual, a compasión, etc. Sería fantástico, por ejemplo, si llegara a  penetrar en la dura piel de los auténticamente ricos, adoradores del dinerito, permitiéndoles palpar la profunda felicidad que se dice puede proporcionar el DAR. Ni punto de comparación, al parecer, con la efímera derivada de la obsesión por el tener y acumular. Pero dejémonos de fantasías porque en la práctica, hasta ahora al menos, esta solución no pasa de ser un parche con un alcance muy limitado.

Cerrada esta puerta toca cambiar el rumbo. El combate contra las desigualdades sociales que tanto agudizan los males que causa la pandemia, nos lleva a clamar por la Justicia, con mayúsculas, y esto indiscutiblemente implica a todos los poderes del Estado. El Ejecutivo, un Gobierno de coalición progresista, hoy liderado por Pedro Sánchez, ferozmente cuestionado por una oposición conservadora totalmente desnortada. Estos ilustres quieren alargar sine die la transición inacabada de un régimen al que el emérito Juan Carlos I, su empalagosamente adulado valedor, está poniendo en evidencia, con un comportamiento errático bien conocido. El Legislativo, hoy un Parlamento, mayoritariamente progresista y muy plural en cuanto al sentir nacional de la ciudadanía. El Judicial, con un órgano rector, el Consejo General del Poder Judicial, de tendencia claramente conservadora, que debería haber sido renovado hace dos años y sigue ahí saltándose la Constitución. ¡Vivir para ver!... hay que echarle mucha paciencia para no perder la esperanza.

Menudo dolor de cabeza, para un pueblo soberano condenado a esperar que estos poderes se pongan mínimamente de acuerdo, para salir del atolladero. Las Navidades de luto 2020 ya nos han atropellado.  Esperemos al menos que nuestro calvario a lo largo del 2021 sea lo más leve posible.

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