Peinetas y txapelas
Al final caí, dije que no la vería y al final he acabado sentándome frente a la gran pantalla. Mi primer intento para ir a ver '8 apellidos vascos' fue a las cinco de la tarde y fue tarea imposible, una cola kilométrica salía del cine y llenaba la calle. No pudo ser, habrá que esperar a las siete y tomarse alguna que otra cerveza para pasar el rato. A la segunda sí, entro por la puerta de la sala y «peleo» por lograr un sitio entre la masa de personas atraídas por tan buenas críticas. Los 98 minutos de supuestas carcajadas que venían a continuación acabaron convirtiéndose en unos minutos de aburrimiento y algún que otro disgusto. Vamos, lo que acaba siendo un mal partido del Athletic con descuento incluido.
Antes de nada quiero decir que comencé a ver el film con toda la buena intención del mundo e intentando alejarme de toda idea preconcebida de lo que me podría encontrar... pero esa ingenuidad no duró mucho. Tras los primeros chistes y algún ‘gag’ verdaderamente gracioso (lo bueno hay que reconocer también) comienzan las curvas en la película de Emilio Martínez-Lázaro. El uso de los tópicos exageradamente marcados empiezan a crear un círculo vicioso que durará hasta el final. Eso acompañado por una extraña sensación en la sala que hacía pensar que toda escena era graciosa porque así lo decían las críticas me hacía aún más difícil sacar una sonrisa sincera. Escenas que en películas normales pasan desapercibidas provocaron, en este caso, una profunda carcajada de muchos de los allí presentes. Eso respecto al guión, que es más que simple. Pero detrás de este, como era de esperar en una película de tal temática, hay algo más. Entre gracia y gracia aparecían verdaderos mensajes -que no diré aquí por si alguien quiere ir a ver la película- que llegaban a dar la señal de alarma. Por lo menos entre quienes no estábamos ensimismados entre tanta txapela, «aiba la ostia», «mi arma» y demás parafernalia. Y no son solo los mensajes o los tópicos.
Tampoco es que me falte sentido del humor y capacidad de reírme de mí mismo. Es que este humor, que no es nada nuevo y que ya se ha practicado, si se usa de la manera en la que se ha usado en ‘8 apellidos vascos’ termina por frivolizar un tema -la libertad de todo un Pueblo- que no tiene nada de frívolo y que acabaría por desvirtuarse entre tanta «gracia». Que el Estado español es un país de charanga y pandereta no lo duda a estas alturas nadie. Pero convertir estos nuevos tiempos en tiempos de guasa y cachondeo rodeado de estos topicazos que no hacen ningún favor a este país, terminarán por hacernos caer en el mismo error que el caso español y convertir a Euskal Herria en una broma sin nada de credibilidad.