Testaruda realidad
Si el Madrid que vamos a volver a ver, en la Plaza de Colón, es la España que nos ofrece la floreciente estrella de la derecha, la nacional-madridista Sra. Ayuso diría que esta gente no va a llegar muy lejos. Animo al Sr. Sánchez a dar un paso al frente y a acelerar la concesión de todos los indultos que hagan falta, para no seguir empantanados en los problemas territoriales de nuestros dolores. Y es que la testaruda realidad nos pone ante una especie de silogismo que va tomando fuerza tras la deriva madrileña: Madrid es España, Ayuso dixit; Cataluña no es Madrid; luego Cataluña no es España. Y resulta que con Euskal Herria pasa algo parecido, con el inolvidable Plan Ibarretxe encerrado en un cajón. Y los neofranquistas de nuevo cuño inasequibles al desaliento, empeñados en no cerrar la inacabada transición hacia una democracia un poquito más sana, en el Estado, cuarenta y tantos años después.
Dándole vueltas a esto, leo que los gobiernos de España y Portugal unen fuerzas para intentar traer a la Península Ibérica (¿Por qué no llamarle Iberia?) el Mundial de fútbol 2030. ¡Que interesante colaboración internacional… por las perrillas del fútbol! Siendo esto así… ¿Cómo entender la incapacidad de cerrar filas, dentro del Estado español, ante problemas mucho más graves como el desafío de la pandemia, el parón económico, la presión sanitaria, las crecientes desigualdades sociales, la efervescencia política catalana, etc.? ¡Que en la vida hay algo más que fútbol y hostelería!
En este punto, pregunto: ¿Por qué no apostar, de una vez por todas, por una Iberia dentro de Europa, reagrupando de algún modo a España, Portugal, Gibraltar, Cataluña, Euskal Herria, Galicia, Andalucía, Madrid, y todas las demás comunidades de la España periférica y vaciada? ¿No va siendo hora de dar paso a una política que se haga desde la realidad siglo XXI de los pueblos de Iberia? ¿Para cuando la modernización de una justicia y un código penal españoles ya oxidados, heredados de tiempos oscuros de mal recuerdo? Alguien se preguntará, quizá, para qué tanto cambio. Pues, por ejemplo, con el objetivo claro de ir controlando a un neoliberalismo capitalista que aporta cosas buenas, pero dejando en su recorrido demasiada amargura y muerte. Sería fantástico el caminar, con convencimiento y entusiasmo, hacia una sociedad alternativa que, desde la solidaridad, sugiere ofrecer vida y alegría. En fin, soñar no cuesta dinero, pero si nos empeñamos en no hacer caso de la testaruda realidad, insisto, nos costará muchísimo salir del agujero.