A más desigualdad, menos progreso en Euskal Herria

La desigualdad es una realidad de múltiples factores –de clase, género y lugar de origen– que se entrecruzan y determinan la vida de quienes los padecen. Es más probable que una persona nacida en un hogar o en un barrio pobre siga en las mismas condiciones el resto de su vida, a que logre ascender socialmente. Es además una terrible enfermedad del presente siglo, ya que la mitad de las riquezas del planeta está en manos de un 1% de la población mundial. El poder económico se concentra en una pequeña élite global que vive un gran florecimiento mientras las masas por debajo de esa minoría, a diferentes niveles, están siendo dejadas a un lado.

Como fenómeno, hablar y medir la desigualdad no es algo sencillo. Los indicadores y coeficientes que miden la distribución de ingresos son a veces muy dispares, y en otros casos se aplica directamente una especie de apagón estadístico que hace muy difícil entender toda la dimensión de esta lacra social. No obstante, con todas sus limitaciones, estudiando los datos disponibles la fotografía de la desigualdad retrata a Euskal Herria. Un país donde la brecha entre pobres y ricos es cada vez mayor, lo cual tiene un reflejo geográfico: la diferencia entre pueblos y barrios ricos y pobres es cada vez más grande.

En círculos económicos dominantes del país se dice que aquí vivimos en un oasis, mejor que fuera. Y las voces de alarma sobre la desigualdad a menudo se tildan de catastrofistas por poner más énfasis en los aspectos negativos que en los positivos. Es cierto también que faltan diagnósticos y propuestas para resolver este problema, o cuando existen son demasiado generales y fragmentados. Ese es un deber de las fuerzas políticas ante la sociedad. Pero hablar de la desigualdad, defender y hacer visibles a los estratos sociales del país que más la sufren, es ofrecer una visión nada complaciente con la realidad. Una Euskal Herria que no mira a los ojos de sus semejantes será una sociedad que no progresará nunca.

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