Combatir la pobreza requiere ahuyentar la pobreza intelectual

La izquierda occidental ha pecado históricamente de soberbia. Mucho menos que la derecha, sin duda, pero ya se preocuparán sus defensores de analizarlo si les interesa, si piensan que les afecta negativamente. Quizás el problema es que la derecha se puede permitir esa prepotencia, incluso la lleva en los genes, mientras que a la izquierda la dinamita por dentro, le resta credibilidad moral e inhibe sus potencialidades.

Uno de los temas en los que esa soberbia ha sido más patente y dañina es en el tema de la pobreza. Esta semana diferentes estudios han puesto sobre la mesa una realidad dramática, mostrando cómo en nuestras sociedades las desigualdades han crecido durante la crisis, haciendo a los ricos cada vez más ricos mientras los pobres son cada vez más, y más pobres.

Más allá de una retórica sobre la pobreza que tiene bastante de paternalismo y de despotismo ilustrado, al tachar de «caridad» toda política que no se inscribiera en un programa de cambio sistémico, a menudo la izquierda ha centrado su mirada crítica en el asistencialismo. Ha llegado incluso al cinismo de preocuparse más de quienes repartían ayuda que ocuparse de los culpables y de las víctimas de dicha lacra. La superioridad moral con la que las fuerzas progresistas y revolucionarias han mirado a otras perspectivas igualitaristas o progresistas, pero no necesariamente revolucionarias ni socialistas, ha abierto una brecha en temas como la este. Distribuir la riqueza conlleva combatir la pobreza. Porque, si bien los responsables de dicha tendencia son aquellos que defienden el sistema capitalista como el único viable y aceptable, alguna responsabilidad tendremos quienes no hemos logrado frenarla, menos aún revertirla.

Esto es evidente en las críticas que algunos miembros de la izquierda occidental les hacen a ciertos gobiernos progresistas del hemisferio sur, estableciendo rankings de coherencia que prescinden de datos, de contexto histórico y de las relaciones de poder reales en esos países. Y es en la cuestión de la pobreza, precisamente, donde esos gobiernos muestran la diferencia con las tendencias globales, como por ejemplo, con todas sus luces y sombras, en los casos brasileño y uruguayo. Eso no implica que no se puedan o deban criticas políticas concretas. Pero desde la humildad, no desde la soberbia.

A menudo la izquierda ha preferido tener la razón a lograr la  fuerza necesaria para hacer efectiva esa razón, hasta el punto de malgastar sus escuetas fuerzas en demostrar las incoherencias del resto. Pero en un mundo tan complejo, las incoherencias no se liberan intelectualmente, se gestionan políticamente. El resto es puro idealismo, utopismo paralizador y política contemplativa. A veces, también hay que aceptarlo, más que una cuestión de soberbia ha sido un tema de debilidad.

El peligro de los nuevos techos de cristal

Si cuando la pobreza no se veía desde nuestras casas, apenas alcanzaba los márgenes de nuestras ciudades y pueblos, y no amenazaba a nuestras comunidades, los discursos puritanos no parecían tan obscenos, tras la crisis esto es impensable. La asistencia es paliativa, pero es urgente, y a nadie se le ocurre ahora criticar iniciativas que se centran en atender esas necesidades primarias. Ni en Iruñea o Bilbo, ni en Haití. Eso no implica, no debería implicar, dejar de situar esas iniciativas en un programa de cambio profundo, en políticas y en estrategias que busquen la igualdad. Corremos el riesgo de rebajar el techo de cristal ideológico, adoptando como máximos discursos y políticas que antes considerábamos insuficientes. Más lo serán ahora, con semejante crisis. Esto vale para otros ámbitos, como la educación, el sector financiero…

Paradójicamente, en este mismo periodo, instituciones tradicionalmente asistencialistas han radicalizado su discurso. Desbordadas por la gravedad de la situación, explicitan una y otra vez que su función solo alcanza a las urgencias, que no pueden sustituir a las instituciones y que hay que abordar las causas, ir a la raíz, si no se quiere que los males del capitalismo se cronifiquen y agraven. Asimismo, tanto por convicciones morales de caridad como por cálculos e interés en que el sistema no reviente, teóricos y políticos socialdemócratas alertan de que semejantes diferencias pueden resultar contraproducentes para la supervivencia del capitalismo mismo.

La socialdemocracia no es suficiente

Tal y como está el mundo, la socialdemocracia no es suficiente. Pero llamar socialdemocracia al neoliberalismo económico socialmente liberal no deja de ser un error que tranquiliza las conciencias tanto de quienes se autodenominan así como de quienes combaten esas ideologías. Sin embargo, en términos tácticos y prácticos, el socialismo del siglo XXI tiene elementos en común con la socialdemocracia de comienzos del siglo XX: la aceptación del parlamentarismo, de la libertad de mercado, de las relaciones internacionales… Pero no las apuntala, sino que las combate y les ofrece alternativas reales. El pragmatismo revolucionario que demuestran las experiencias denominadas bolivarianas debería ser algo más que un recurso retórico, un arma arrojadiza.

El camino de la emancipación y la igualdad es largo y sinuoso, pero en su nueva andadura resulta más firme y potencialmente tanto o más liberador que otros experimentados anteriormente. Si no, no habrían fracasado. Y sobre todo, tal y como demuestran las tendencias que marca la crisis, la alternativa no es un Edén, sino una regresión que afianza cada paso atrás que logra. Frente a eso hace falta una izquierda, porque no nos engañemos, la izquierda y la derecha existen, como existen los pobres y los ricos, y sus intereses contrapuestos. Pero esa izquierda deberá ser diferente, más inteligente.

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