El escándalo del caso “Egin” y la necesidad de autocrítica

El cierre de ‘Egin’ y la condena a sus consejeros y a su dirección periodística es la historia de un escándalo jurídico y político que, desgraciadamente, nunca llegó a ser tal. No al menos en la dimensión pública que conlleva la palabra escándalo. Sin embargo no puede definirse de otra manera un hecho tan grave como que en el contexto europeo se cerrase ilegalmente un periódico y se condenase a duras penas de cárcel a sus directivos. A estos se les ha aplicado, además, un régimen penitenciario particularmente duro, de excepcionalidad y abiertamente contrario a los derechos humanos; esos que son tan universales que cubren en teoría incluso a los seres humanos presos.

El jueves pasado salía de la cárcel tras más de siete años de reclusión su último director, Jabier Salutregi, hasta ahora el único director de un periódico preso en Europa. La entereza, la dignidad y la serenidad que mostró a las puertas de la prisión, su voluntad de extraer lo positivo de la injusticia que han sufrido él y los suyos, que sufrió el país como consecuencia del cierre del diario, son los valores que expresan lo mejor de este pueblo. Pero eso no puede tapar las miserias del mismo, que son muchas.

Precisamente, en el crucigrama ético que la clase política pone a la sociedad vasca periódicamente, la palabra de la semana era «autocrítica». Desgraciadamente, los ejemplos dados para ayudar a resolver este pasatiempo moral se referían a la autocrítica que deberían hacer los otros, en ningún caso uno mismo.

De lo contrario, el jueves al amanecer representantes del Gobierno de Lakua hubiesen estado presentes en Burgos, declarando que lo ocurrido es inaceptable y que no han acertado a defender como debieran los derechos de algunos de sus ciudadanos, en particular, y la libertad de expresión, en general. Lo tenían fácil: tienen una Secretaría General dedicada a esta materia. Pero es que además tienen una declaración del Parlamento de Gasteiz en este sentido, derivada de los informes de los observadores que mandó el Gobierno de la época al macrosumario 18/98. En este escenario, a los compañeros de GARA nos hubiesen acompañado varios colegas que, desde la legítima discrepancia política y profesional, hubiesen admitido que miraron para otro lado, que aunque sea involuntariamente han sido beneficiarios de la eliminación de la competencia, y que el cierre de un periódico es el mayor atropello político que puede padecer este oficio, y uno de los más graves para una sociedad. Líderes empresariales y sindicales se hubiesen unido a este onírico séquito para recordar que con la clausura de ‘Egin’ se abortó un proyecto empresarial viable, precursor del ahora tan de moda crowdfunding, de la empresa participada y de la cultura emprendedora, y sobre todo que se dejó en la calle a cientos de trabajadores y trabajadoras. Y en las facultades de periodismo los profesores hubiesen organizado autobuses para recibir en el día de su liberación a ese señor, el tal Jabier Salutregi, el único director de un periódico preso en Europa.

Evidentemente, la petición de autocrítica no iba en este sentido. Si Salutregi y el resto de sus compañeros entraron en la cárcel como consecuencia de una «guerra contra el terror» castiza que se adelantó en varios años a la que posteriormente sería así bautizada a nivel global, su salida está marcada por la «batalla del relato». Y en esa batalla lo que prima no es asumir la responsabilidad propia en lo sucedido en este país, sino lograr autos de fe del adversario. Aunque resulten insostenibles. Como resumía Pablo Gorostiaga, otro de los expresos de esta causa: «¿A quién tengo que pedir yo perdón por haber impulsado un periódico? ¿No serán ellos los que me tienen que pedir perdón a mí por haberlo cerrado y haberme metido a la cárcel?».

No obstante, sería imperdonable contagiarse de esa soberbia moral y sería políticamente poco inteligente no extraer lección crítica alguna de lo sucedido con ‘Egin’ y con sus presos. Deberíamos plantearnos, por ejemplo, si no podíamos haber interpelado a los agentes mencionados, generando una dinámica en la que el escapismo moral no fuese tan sencillo y gratuito. Generar esa dinámica conllevaría, sin duda, aceptar las cosas en las que nos equivocamos, en las que no estuvimos a la altura. Y romper algunos tabús. Quienes sostuvimos aquel diario y fundamos este otro deberíamos cuestionarnos, por ejemplo, si ahora sería tan relativamente «fácil» la proeza de lograr crear un nuevo proyecto comunicativo como se hizo entonces. E incluso si así fuese, si no nos hemos convertido en más efectivos en clave de reacción que en espíritu proactivo. Deberíamos actuar con responsabilidad, haciendo autocrítica sincera y honesta, que no quiere decir asumir la crítica de irresponsables ajenos.

Recherche