El sentido político de acudir hoy a la metrópoli española

De todas aquellas iniciativas y dinámicas que las fuerzas catalanas están llevando a cabo tras el referéndum y la represión desatada desde entonces, manifestarse en Madrid es una de las pocas que no tienen una referencia clara en las dinámicas de las últimas décadas del movimiento de liberación o de la sociedad civil vasca. En este sentido, lo más cercano a la manifestación de ayer en Madrid pueden ser las marchas a la cárcel de Herrera, en solidaridad con los presos políticos vascos. También ha habido alguna acción puntual de denuncia y desobediencia civil en ministerios y otras instituciones. Pero nunca una movilización masiva y pública como la de ayer, en favor del derecho de autodeterminación y de los derechos civiles y políticos. Solo por eso ya resulta reseñable y muestra el momento histórico que se vive en el Estado español. Cabe destacar, por ejemplo, la reivindicación de ese otro Madrid, solidario y antifascista.

En el resto de dinámicas las similitudes entre las luchas vasca y catalana son evidentes. Las iniciativas en torno al juicio del Tribunal Supremo se asemejan a las de los macrosumarios vascos. El plano internacional también está muy presente ahí, tanto porque el recurso al Tribunal de Estrasburgo es referencia común como porque organismos internacionales y relatores de la ONU ya denunciaron detenciones arbitrarias, los malos tratos o la utilización de la prisión preventiva en el caso de presos vascos, y lo vuelven a hacer en el caso de los catalanes. Las dinámicas que triangulan entre la defensa de los derechos y libertades, la construcción nacional y la resolución dialogada de los conflictos también son recurrentes en ambos casos. En general, las fórmulas para mostrar las costuras del régimen antidemocrático español han sido y siguen siendo una constante de los movimientos soberanistas vasco y catalán.

Memoria negra de una metrópoli despiadada

Es cierto que periódicamente, durante años, sonaba la idea de realizar una manifestación en Madrid. Pero las condiciones objetivas y subjetivas siempre empujaron a desechar esa idea. Sería cínico no contemplar el impacto de la lucha armada de ETA en esta realidad y la dureza de aquellos momentos comparados con estos. Pero había mucho más. En la memoria de varias generaciones perdura el tiroteo del Hotel Alcalá, en el que murió el dirigente de la izquierda abertzale Josu Muguruza, cuando iba a recoger su acta de diputado para realizar una oferta de diálogo y de paz en el Congreso.

En otro contexto totalmente diferente pero no del todo ajeno –el grito de guerra de «a por ellos» viene de entonces–, la muerte de Aitor Zabaleta, el aficionado de la Real que fue apuñalado por un fascista español por el hecho de ser vasco, marcó a otras muchas personas. La historia de violencia contra ciudadanos vascos en la capital de España es mucho más cruda de lo que la memoria oficial quiere reconocer.

Por ejemplo, históricamente decenas de miles de ciudadanos y ciudadanas vascas han viajado a Madrid para asistir a juicios o para recoger a familiares que habían sido detenidos y torturados. Según un informe oficial del Gobierno de Lakua, entre 1960 y 2013 fueron arrestados 40.000 vascos y vascas bajo la legislación «antiterrorista». De todas ellas, 10.000 fueron finalmente procesadas. El resto, 30.000, no fueron encausadas pese a padecer en muchos casos arrestos salvajes y malos tratos. Si proyectamos el impacto de esta realidad en familiares y amigos, estamos hablando de centenares de miles de personas afectadas por esta otra violencia.

Voces que remueven las conciencias

El caso más reciente de esta excepcionalidad es el castigo contra los jóvenes de Altsasu. Siendo de nuevo otro contexto, en este caso marcado por la desaparición de ETA, las constantes de los casos mencionados perduran: venganza, arbitrariedad, negación y crueldad institucionalizadas. La denuncia de esta injusticia ha roto barreras gracias a voces como la de Bel Pozueta.

Llevar a Madrid esas voces tiene ahora tanto o más sentido político que nunca. A decirles aquello que no quieren oír, a ponerles ante el espejo de sus injusticias y a defender los intereses y la voluntad democrática de los pueblos que quieren decidir su futuro sin amenazas y sin miedo. Todo para construir estados y sociedades en las que, entre otras cosas, nadie trate a su ciudadanía como ellos tratan a vascos y catalanes.

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