La injerencia en Venezuela de EEUU resetea su imperialismo: rigen el expolio y la subordinación
El bombardeo contra Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, para ser trasladados a EEUU, donde serán juzgados bajo la acusación de «narcoterrorismo», es un acto de injerencia y guerra inaceptable contra un país soberano. Esta intervención quiebra las normas internacionales y ningún país, alianza o fuerza democrática puede defenderla sin minar su posición ética y política.
Los ataques contra lanchas y el asalto a petroleros, operaciones encubiertas, la legitimación del golpismo opositor y el mayor despliegue militar en el Caribe en décadas, suponían una escalada que ayer culminó con el derrocamiento de Maduro. Donald Trump afirmó que «dirigirán» el país de forma colonial, hasta que designen un títere. Es una incógnita cómo lo harán. Es imposible hacerlo sin violencia.
Este ataque se inscribe en el retorno remozado de la Doctrina Monroe, con Marco Rubio como halcón jefe, posado sobre un cementerio de palomas. El impacto regional y global de esta estrategia es salvaje. En Latinoamérica, Colombia y Brasil, Gustavo Petro y Lula Da Silva, son los siguientes objetivos. No se puede perder de vista la situación crítica de Cuba.
En el plano internacional, la Administración Trump tiene una agenda explícita de desmantelamiento de las estructuras de gobernanza emanadas del fin de la II. Guerra Mundial. Esa liquidación implica no solo finiquitar la ONU o hacer de la OTAN una corporación-contratista militar, también implica terminar con la concertación con la socialdemocracia.
El caso más salvaje de cómo está dinamitando EEUU la gobernanza mundial es la impunidad del genocidio de Israel. El caso más humillante puede ser el de Ucrania. El más obsceno, quizás, sea precisamente el premio Nobel a la golpista María Corina Machado.
La subordinación de la Unión Europea no solo es humillante, es incomprensible. Está por ver en qué posición queda Rusia. En gran medida dependerá de la estrategia que adopte China, el enemigo de EEUU en la disputa por la hegemonía global. En general, la transición hacia un mundo multipolar ha sido abortada a martillazos neoliberales y hegemonistas.
¿Imperialismo 2.0, o simplemente primitivo?
El imperialismo de Trump es bruto y desacomplejado. No va adornado de ninguna retórica misionera, como el de sus antecesores. Sus abusos, ataques e invasiones no lo son en nombre de la libertad, ni de los derechos humanos, ni del orden mundial. Ridiculiza en público a sus antecesores. Trump justifica todo en sus intereses y en su poder desnudo. Ayer habló, sobre todo, de petróleo. No le caracteriza la hipocresía, sino la desfachatez.
Un ejemplo gráfico. Hace tan solo un mes Trump indultó al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años de cárcel por un tribunal de Nueva York tras haber probado sus vínculos con los cárteles de la droga para facilitar el traslado de hasta 400 toneladas de cocaína a través de Honduras hacia EEUU. Hernández es correligionario del presidente electo, Nasry Asfura, a quien Trump apoyó en las elecciones, a la vez que amenazaba al pueblo hondureño si no elegía según sus dictados.
El Estado de derecho también le sobra, como se ha comprobado en el Tribunal Supremo o en relación al golpismo del Capitolio. Aunque se ha visto obligado a abortar el despliegue de la Guardia Nacional en Chicago, Los Ángeles y Portland, está dispuesto a atacar a su propia población si no piensan como él.
La izquierda y las fuerzas democráticas tienen una responsabilidad histórica. El respeto a la soberanía de los pueblos y a la voluntad popular deben ser condiciones irrenunciables. En contraste con el enemigo, es vital que en este frente rijan los valores de justicia, igualdad, libertad y paz.