La solidaridad es un valor nuclear de la sociedad vasca y debe imponerse al clasismo y al racismo

«Batek gose diraueno ez gara gu asetuko,
beste bat loturik deino ez gara libre izango»
Martxa baten lehen notak. Mikel Laboa.

Una plataforma que cuenta con el apoyo del PP pide que la sociedad civil deje de dar cenas a las centenares de personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad en Donostia, a las que las instituciones no son capaces de atender. Según ellos, esa acción humanitaria genera «suciedad e inseguridad». Suena tan despiadado que parece torpe, pero el tiempo dirá si no han logrado meter una cuña retrógrada y racista en la política municipal.

Como precedente, hace un año el PP presentó una moción en la que pedía precisamente que se prohibieran las cenas solidarias. Entonces, ningún grupo municipal apoyó semejante desvarío aporofóbico.

El manual ultraderechista, punto por punto

Quienes impulsan una medida tan cruel no dudan en mentir y aseguran que las comidas que reparte el colectivo de voluntarios KAS (Kaleko Afari Solidarioak) son «solo para unas personas de origen X [se refieren a magrebíes] y no puedan ser beneficiados otras nacionalidades e incluso locales». Es mentira.

Sin embargo, basándose en esa falsedad, acusan a los y las voluntarias que reparten cenas de «discriminación cercana al racismo». Además de ser unos desaprensivos y mentirosos, los promotores de la insolidaridad juegan al victimismo.

Con estas bases organizaron la concentración ilegal del pasado lunes y las de la semana que viene. Hasta aquí, nada que se salga del manual de la derecha en su cruzada contra las personas migrantes, pobres o, simplemente, diferentes a lo que ellos consideran «normal». Agendas y métodos actualizados para el clasismo y el autoritarismo de toda la vida.

Primero inhibición, ahora desinhibición racista

Lo preocupante es la respuesta institucional. Incluso dejando de lado el sectarismo de la Ertzaintza, hostigando a los solidarios y no a los retrógrados.

En primer lugar, es incomprensible la desidia ante una emergencia humanitaria de la que las entidades sociales llevan advirtiendo mucho tiempo. Son 300 cenas a diario, durante ya varios años, sin que las instituciones se hagan cargo ni pongan en marcha alguna de las alternativas que les han planteado desde la sociedad civil, como la del comedor social.

Esta semana, cediendo a las presiones, el Gobierno de PNV y PSE ha prohibido las cenas de Egia, alegando un «aumento de la delincuencia». Lógicamente, no pueden relacionar las cenas solidarias y la inseguridad, pero a pesar de todo prohíben las cenas.

Tal es el despropósito que, a su vez, las cenas en Alde Zaharra y Amara Berri aparecen en el listado de recursos asistenciales que la Policía Municipal entrega a las personas que están en situación de exclusión,

No hay que ceder a la tentación autoritaria

Donostia, una ciudad terciarizada y con una población envejecida –y que por su carestía tiene dos puntos menos de migrantes que la media del país–, se vendría abajo si mañana ellas y ellos dejaran de trabajar, de cuidar, de producir y de consumir. Eso no soluciona los conflictos, que habrá que gestionar –como todos–, pero ofrece una perspectiva realista.

En todas las fases migratorias que ha vivido Euskal Herria ha habido discursos xenófobos, resistencias de algunos sectores y presiones de grupúsculos. Ante ellos, desde perspectivas cristianas, internacionalistas o incluso mercantilistas, se ha impuesto una visión solidaria e integradora, a favor de la riqueza, contra la desigualdad y en defensa de los derechos. Entre todos y todas, esta vez también debería ser así.

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