La vitrina del G-20: China en la gobernanza económica global
Deng Xiaoping, el llamado pequeño timonel y considerado gran arquitecto de la política de reforma y de apertura de China, con unas palabras que hoy parecen proféticas, dijo hace casi tres décadas que «el siglo de Asia solo puede alcanzarse cuando China e India se desarrollen». En efecto, Asia es hoy el nuevo centro de gravedad de la economía global. Los dos gigantes asiáticos son la segunda y la séptima economía del mundo, la segunda y la primera en ratios de crecimiento, la primera y la tercera en términos de contribución al crecimiento económico mundial. En este sentido, como es lógico, lo que ocurra con la cumbre del G-20 que se celebra en la icónica ciudad de Hangzhou no quedará en China, tendrá un impacto global.
El mismo dirigente chino conminó a su país a «ocultar su brillo y esperar su momento». Ese tiempo ya está aquí, es ahora. Aupada por los vientos favorables de un proceso de globalización que ha jugado a su favor, China se ha convertido en la fábrica del mundo, en el mayor comerciante global y el mayor socio comercial de más de 120 estados y regiones del planeta.
Ante esta realidad, quejosos por los efectos de doble filo de la globalización como la pérdida de puestos de trabajo y de las ventajas tecnológicas, muchos han visto el nacimiento de un nuevo Goliath que va a dominar el mundo.
China ha llegado a la cúspide de la economía para quedarse y ahora demuestra ambición, demanda un rol de liderazgo para dar forma al desarrollo económico global. Ya no va en el asiento del mismo coche, ahora quiere coger el volante, y más allá de dar respuestas de crisis pide participar en la gobernanza económica a largo plazo, en la construcción y creación de plataformas cooperativas mundiales.
Fracasadas las políticas de contención de China, es hora de dar normalidad a lo inevitable: China pide un nuevo estatus en el mundo. El G-20 es, en definitiva, la vitrina de ese afán.