Las fuerzas del cambio político no pueden temer al miedo, deben confrontarlo

Es difícil que una sociedad avance en el sentido de lograr mayores cotas de libertad y democracia si se convierte en presa del miedo, si este se erige en el principal valor que condiciona y rige la voluntad popular. En las sociedades occidentales, ese valor se muestra eficaz, políticamente rentable. Las elecciones británicas así lo demuestran. La campaña de los conservadores ha basado todo su discurso en el miedo, aunque se trate de un miedo teatralizado y guionizado, basado en mitos y falsos dogmas: miedo a un Ejecutivo «rojo», miedo a la alianza entre laboristas e independentistas escoceses, miedo a la presión de una derecha más radical en lo discursivo –pero difícilmente mucho más conservadora en sus políticas–, miedo al intervencionismo europeo y al debilitamiento de las fronteras de la isla… miedo al cambio radical, o simplemente al más mínimo cambio. Cameron y los suyos han capitalizado esa emoción dibujando un escenario cuasi-apocalíptico que ha activado a sus bases.

Aunque sea de otra naturaleza, el temor también es un elemento central para explicar la situación crítica del laborismo, no solo en campaña, sino en su devenir desde la crisis de la tercera vía comandada por Tony Blair y Gordon Brown. Anularon de tal modo la capacidad de regeneración y cometieron errores estratégicos tan bestiales que han cavado su propia tumba. Y lo que es peor, han cercenado para al menos una generación toda opción de políticas alternativas a las impuestas por una City depredadora.

Ese mismo esquema del miedo sirvió hace poco más de medio año para que los escoceses decidieran no independizarse. Pero ese miedo no caló en las fuerzas a favor de la independencia, ni caló en una sociedad que en esa experiencia democrática maduró el equivalente a una revolución. Con un liderazgo inteligente, con unos objetivos tácticos y estratégicos claros, con una flexibilidad seriamente calculada y con una profesionalidad envidiable, el SNP ha logrado que en su nación el resultado de estas elecciones les abra puertas a sus ciudadanos, lo opuesto de lo ocurrido al resto de los británicos.

Los independentistas escoceses han hecho una gran campaña, sin duda. Pero sobre todo tienen una estrategia eficaz que inhibe ese miedo inoculado por los poderes establecidos. Porque una campaña, ni siquiera la mejor campaña, no sirve de vacuna contra algo tan profundo y cultural como es ese pánico a perder lo que se tiene, sea esto poco o mucho, sea real o ficticio.

Terror real: la tortura

Frente a ese miedo impostado que oculta intereses bastardos y poderes corruptos, existen en Europa fenómenos que generan pánico real. En pleno 2015, el Estado español está siendo sistemáticamente condenado por no investigar la tortura a detenidos vascos. El último caso, el de Patxi Arratibel. El anterior, el de Oihan Ataun. Precisamente esta semana Ataun ha sido juzgado junto a otros nueve jóvenes en Madrid, en un proceso en el que la principal prueba acusatoria son las declaraciones obtenidas bajo tortura. El mismo patrón que en las condenas a otros siete jóvenes vascos por hacer política, en una sentencia que se mofa de esas denuncias de malos tratos y que ataca los protocolos internacionales. Un escándalo amortiguado por la impunidad, la ocultación cómplice y la irresponsabilidad política.

La tortura es el talón de aquiles del relato oficial sobre el conflicto vasco. Es, junto con los presos políticos, la mayor evidencia de la excepcionalidad que aún vive este país. Una excepcionalidad que choca con la normalidad democrática que debería imperar en una campaña electoral como la que está en marcha.

Miedo a la ruina, pánico a ser descubiertos

En la campaña de las elecciones forales y municipales el discurso del miedo también va a ser un recurso del establishment vasco contra la necesidad palmaria de un cambio político.

Por ejemplo, los partidos del régimen en Nafarroa sostendrán que la ciudadanía debe temer un gobierno alternativo a ellos, porque este llevará el territorio a la ruina. Quiénes y ellos, que han generado una ruina apoteósica. Maroto azuzará a los gasteiztarras contra sus vecinos, obviando que su adalid de la transparencia y la justicia social era en realidad un defraudador profesional. En Bizkaia ahora mismo lo que más se teme perder es un partido de fútbol, cuando en la pasada legislatura se ha perdido la titularidad pública de la BBK, además de mucho dinero en una red clientelar muy bien tejida. Y en Gipuzkoa el que parece temer que se sepa lo ocurrido con Bidegi es Markel Olano, que rechaza debates en los que confrontar gestión y relato con EH Bildu.

No hay peor temor que el que se le tiene al miedo. Quienes buscan el cambio deben confrontarlo a conciencia, con respeto e inteligencia. Y con una estrategia a largo plazo, en las que las elecciones y las instituciones son una palanca crucial para el cambio. Basta evaluar seriamente lo logrado de cuatro años a esta parte en los lugares donde ese cambio se ha hecho efectivo, y proyectar lo que se puede hacer en adelante.

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