Romper con la inercia exige acciones concretas

La delegación vasca que el lunes se reunió en París con el ministro de Educación, Edouard Geffray, para abordar la posibilidad de realizar el examen de baxoa en euskara regresó con un compromiso para el futuro y una negativa presente a dar el cambio este mismo curso. Aunque desde Seaska aseguran que logísticamente no hay ningún factor que impida a los alumnos euskaldunes examinarse en la lengua vehicular en la que se han educado, en París han decidido dar una patada adelante a la carpeta, anunciando para el año que viene una propuesta sobre el tema. Seaska, que consideró un paso atrás que este año tengan que hacer también el examen de matemáticas en francés, anunció movilizaciones para el próximo 24 de enero.

Ayer, el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, anunció que las negociaciones para lograr la oficialidad del euskara, el catalán y el gallego en las instituciones europeas siguen «avanzando» con contactos «discretos» y «reuniones técnicas a distintos niveles». Fue uno de los compromisos de legislatura del Gobierno de Pedro Sánchez, pero nada indica que su cumplimiento vaya a ser posible a corto plazo. Es cierto que la dilación no es responsabilidad directa del Gobierno español, que ha defendido la propuesta ante sus pares europeos, pero es evidente que tampoco es un tema que sitúe entre sus prioridades. Y así, van pasando los meses sin que se haga efectivo este salto cualitativo en el estatus de las lenguas sin Estado.

Mientras los avances se dilatan, aunque sea con buenas palabras y mejores intenciones, las regresiones siguen cayendo como gota malaya. En el sur del país, la ofensiva judicial contra la valoración del euskara en diversas oposiciones es una constante. En el norte, París reduce drásticamente su aportación al EEP, el organismo público y oficial para impulsar el euskara. Cuando la corriente empuja hacia atrás, dejarse llevar por la inercia no es una opción. A falta de un estado propio, necesario para dar un impulso institucional firme y sostenido a la lengua, París y Madrid deben traducir en acciones concretas lo que a día de hoy siguen siendo promesas.

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