Sacudir el terreno de juego, crear nuevos escenarios
26/01/2020

La semana ha estado marcada por los acuerdos presupuestarios alcanzados en Nafarroa y en Irun. En ambos casos, gobiernos en manos del PSN y del PSE han  cerrado pactos con EH Bildu. Las noticias han movido el suelo de tal manera que hay quien ha creído conveniente volver a apretar interruptores del pasado y detener a cuatro personas por el recibimiento a presos que, sobra recordarlo, han cumplido su condena entera, en la inmensa mayoría de los casos a centenares de kilómetros de sus allegados.

Operaciones de este tipo, además de suponer un despropósito jurídico de primer orden, activan dispositivos de alerta tradicionales que condicionan la vida política presente. Despertarse con una operación de la Guardia Civil, con el infausto cuartel de Intxaurrondo de fondo, activa alertas en una parte importante de este país que todo el mundo debería comprender a estas alturas. Del mismo modo, poner el foco en los recibimientos y tratar de hacer de ellos un nuevo casus belli busca, en gran medida, encender alarmas y recelos en otra parte importante de este pueblo. Recelos que, por otro lado, todos debemos poder comprender.

Dicho de otro modo, y trasladándonos a la arena parlamentaria, EH Bildu y PSE-PSN tienen, probablemente, mucho que echarse en cara. Los reproches mutuos o una distante frialdad, de hecho, han sido la tónica que ha marcado muchos de los encuentros entre ambos espacios políticos. De ahí que los acuerdos de Nafarroa e Irun, más allá de su contenido concreto, tengan la virtud de ampliar el juego político posible en este país.

No es poco, teniendo en cuenta los intereses que confluyen en tratar de impedirlo, tanto por parte de estamentos del Estado español como por parte del PNV en la CAV y de UPN en Nafarroa. En este último caso, la teoría de los tres quesitos de Miguel Sanz es conocida: si el tercio del PSN se alía con fuerzas vasquistas, la derecha regionalista no gobierna. Ocurre actualmente en el Gobierno foral; y si no se ha dado en plazas como Iruñea y Lizarra ha sido porque el PSN no quiso entonces evitar el triunfo de Navarra Suma votando a EH Bildu. Hasta ahora, el acuerdo ha funcionado, mayoritariamente, en una dirección, pero el intercambio deberá ser mutuo en el futuro si se quieren obtener frutos a largo plazo.

Por parte del PNV, con todas las salvedades, opera un mecanismo parecido. Los jeltzales no tienen problema en pactar con EH Bildu allí donde lo necesitan, pero se cuidan de mantener activos todos los dispositivos que dificulten acuerdos con el resto. La queja del secretario general del PSE en Gipuzkoa, Eneko Andueza, esta semana es perfectamente comprensible: no parece de recibo que el PNV pueda pactar con quien quiera y el resto, no. La razón de fondo es evidente, y la explicitó, por ejemplo, alguien tan poco sospechoso de simpatizar con acuerdos entre PSOE y EH Bildu como Mariano Rajoy. Para el expresidente del Gobierno español fue la necesidad de que no se visualizase la mayoría alternativa formada por EH Bildu, PSE y Podemos en la CAV la que llevó en último término al PNV a apoyar la moción de censura de 2018, aprobada escasos días después de que los jeltzales apoyasen las cuentas del PP.

Trascender el contexto electoral

Ahora bien, estos acuerdos que dejan entrever otros escenarios no son del todo nuevos. De hecho, cabe recordar como principal precedente la Ley de vivienda de 2015, aprobada en el Parlamento de Gasteiz por EH Bildu, PSE y UPyD, con el voto en contra de PNV y PP. La dinámica es conocida, en periodos electorales el PSE necesita quitarse la imagen de muleta del PNV; es lógico que así sea, entra dentro del juego político. Lo triste, sin embargo, sería quedarse en la operación electoral y no explorar las potencialidades de esas alianzas, tanto en el terreno concreto e inmediato –mejoras en la vida diaria de la gente–, como en terrenos más intangibles, como puede ser la ocasión de sacudir el terreno de juego en una CAV en la que hay quien quisiera parar el reloj.

Los proyectos políticos de PSE y EH Bildu son notablemente diferentes, y lo seguirán siendo –el acuerdo entre iguales es pura redundancia–. El bagaje histórico que acumulan, de hecho, ofrece a ambas partes razones para no acercarse. Pero alegar tener razones apenas llega a argumento político; es más, poseer la razón no suele ser determinante a la hora de ganar batallas políticas. Sí lo es, sin embargo, la capacidad de innovar e imaginar nuevos escenarios en los que buscar confluencias coyunturales que sacudan el estado de las cosas.

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