Un cambio estructural, pero también medidas concretas

En nuestra sociedad existe una realidad paralela, oculta y ocultada, con la que la mayoría de la población no tiene relación directa. De hecho, apenas existe consciencia de la misma. Accidentalmente, podemos topar con ella una noche volviendo a casa o, como hoy, recibir testimonio de la misma a través del periódico. Se trata de la pobreza en grado superlativo. Siempre, claro está, dentro de los parámetros relativos de norte/sur, centro/periferia… pero pobreza y superlativa, al fin y al cabo. No son las dificultades para llegar a fin de mes, la ansiedad por el presente y el futuro de nuestra gente, la rabia por la pérdida de empleo o de poder adquisitivo, los quebraderos de cabeza con los gastos y los ingresos… es, sencillamente, la falta de unos y otros: personas que no tienen ingresos y en consecuencia no tienen gastos, que no tienen dónde vivir y/o no tienen qué comer. Entrando al detalle, en contra de lo que podría parecer, no existe un único perfil. También hay personas con empleo a las que no les llega para gastos tan básicos como la comida diaria, familias desestructuradas, emigrantes y locales, personas que reciben algún tipo de asistencia pero que, precisamente por eso, no pueden acceder a otros servicios… En definitiva, un cuadro complejo pero reconocible si se mira, si se concibe que es parte de nuestra sociedad, que no es una realidad ajena y que, a falta de cambios estructurales, cada vez va a ser más crudo y común.

Hoy, en concreto, GARA ofrece el testimonio de esa gente que tiene que buscar en la basura para conseguir comida. También relata iniciativas para paliar esa realidad y la opinión de personas que trabajan ayudando a esas personas. Porque, si bien en general existe poco conocimiento de esta realidad, también existe una amplia red de voluntariado que, conjugando consciencia y conciencia, contribuyen de diferentes maneras a hacer menos dura la vida de esas personas.


Causas, responsabilidades y soluciones

No cabe engañarse. Esta realidad es intrínseca al capitalismo. No es que en otros sistemas no se pueda dar, pero en el caso del capitalismo es estructural, natural. Es, por así decirlo, parte del trato.

En este contexto, es tan necesario reconocer las causas como tomar medidas. Por ejemplo, la caridad y la misericordia son considerados valores positivos en todas las sociedades, también en la nuestra. No obstante, existe una profunda diferencia cuando el objeto de esa buena voluntad se da por razones accidentales o cuando esas razones son estructurales. Es decir, existe una diferencia abismal, política, cuando se debe ejercer la caridad por una catástrofe «natural» o cuando esta se da porque existe una parte de la sociedad, más o menos amplia, que de modo estructural es marginada de los derechos más básicos. Nada quita esto al acto de caridad, es cierto, pero no puede quedar en eso, debe ir más allá. Debe ser parte de un programa destinado a que esa realidad no exista, a que no se permita por parte de las instituciones, a que no se asuma por parte de la sociedad. La asistencia, la denuncia y las alternativas deben ir de la mano en este terreno.

La responsabilidad de las instituciones en el ámbito de la pobreza y la exclusión es de primer orden. Los presupuestos son finitos, por definición, pero la asignación de recursos es decisión política. En primer lugar, para atender situaciones de emergencia y de urgencia. Pero sobre todo para poner en práctica políticas que tengan como objetivo claro la erradicación de estas situaciones, algo para lo que hacen falta voluntad, recursos y un planteamiento claro. Un compromiso que no puede ser solo discursivo, debe ser efectivo. Los datos evidencian que hoy por hoy no hay una política eficaz al respecto. La asistencia que ofrecen otros organismos no gubernamentales es la más clara evidencia de ello.

De igual modo, resulta voluntarista y no demasiado revolucionario tener recetas ideológicas e intelectuales para resolver esos problemas estructurales y no ser capaces de actuar frente a problemáticas concretas, a la espera del advenimiento de esas soluciones mágicas. El diagnóstico certero y la crítica sensata no alimentan al que no tiene qué comer. No se pueden despreciar estas políticas por no ser suficientes si la exclusión y la pobreza no se plantean como parte sustancial de cualquier agenda política revolucionaria. Aunque sea en un contexto radicalmente distinto, el denominado socialismo del siglo XXI ha dado ejemplo en este terreno, situando este tema como primer punto de su agenda social. Vemos a diario cómo se impone una agenda retrógrada, despiadada, que destruye de un plumazo derechos y libertades, que promueve y agranda las desigualdades, que pauperiza a más y más gente. La indignación y la solidaridad son elementos centrales para construir una alternativa. Pero no son suficientes, por lo que deben acompañarse de propuestas a corto, medio y largo plazo, tanto para las instituciones como para la sociedad civil.

No se trata del espíritu navideño. Sea desde la justicia social, desde una piedad ecuménica, incluso desde postulados de seguridad y bienestar, debe darse un acuerdo social amplio sobre la prioridad de hacer frente a la pobreza. En Euskal Herria existen recursos, sobran inercias y falta voluntad. Y sí, en definitiva es la lucha de clases, pero hasta en las guerras hay convenciones humanitarias. No se puede permitir que existan esas bolsas de pobreza, menos aun que crezcan. No puede haber tal abismo entre palabras y hechos.

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