La soberanía nacional

Debería explicar por qué habla tan frecuente y cínicamente de esas características de nación que posee la nación catalana –o la vasca o la gallega– y seguidamente le niega su voluntad de soberanía.

25/09/2017

Me gustaría conocer personalmente a don Pedro Sánchez para que me explicara con una mínima claridad socrática esa colosal contradicción que mantiene entre soberanía nacional absoluta cuando se trata de España y el apoyo al Sr. Rajoy para que impida por todos los medios a los catalanes tener su nación en igualdad de soberanía con España ya que el Sr. Sánchez reconoce que Catalunya es también una nación. O sea, estamos ante el mismo concepto filológico de nación, pero según los hechos con contenido político radicalmente distinto. Es decir, dentro del marco de las naciones con poder pueden alojarse, según el Sr. Sánchez, las naciones impotentes, con sólo una función de adorno democrático. Ante lo que pasa yo me pregunto quién es hoy el Mola oculto que dirige, como anónimo «Director», el asalto a la ya exangüe democracia española ¿No estaremos ante otro 23-F, aunque más discretamente?

Con este embrollo el enredador líder del socialismo integrista –vayamos adelantando contenido definitorio del personaje– intenta un salto con pértiga sobre lo imposible, que consiste en afirmar que España es una nación de naciones, con lo que el poder de ser verdaderamente nación se reduce a tener o no tener Guardia Civil represiva o una justicia propia y otras herramientas institucionales que definan en cada momento el contenido de verdadera soberanía que pueda tener la nación A) frente a la nación B), lo que resulta absolutamente aleatorio y que, como mucho, funciona como un maná sacrílego caído desde el Tribunal Constitucional, convertido en guardia pretoriana de la Moncloa. El Sr. Sánchez habla incluso de un nebuloso federalismo no pactado entre iguales –un federalismo solamente es aceptable si se conviene desde soberanías plenas y preexistentes– sino sostenido en pie merced a contrafuertes dictatoriales. Repito: dado lo que sucede en un Madrid ¿quién es hoy el «Director»? ¿Dónde está un parlamento que se secuestra a sí mismo?

Debería el joven Telémaco del PSOE –Telémaco, el que combate a distancia, sin más implicación que el tiro de ballesta– explicar por qué habla tan frecuente y cínicamente de esas características de nación que posee la nación catalana –o la vasca o la gallega– y seguidamente le niega su voluntad de soberanía, que es la sustancia básica de una nación si pretende serlo en plenitud. A lo largo de mis estudios sobre derecho político me empapé de las características que, según la doctrina dominante, definen que un pueblo pueda declarar que es nación. Veamos esos perfiles identificadores de lo verdaderamente nacional, con sus lógicas consecuencias de poder decisorio.

1. Es nación una colectividad que expresa históricamente su voluntad de ser singular ante quienes la rodean. La voluntad es, a su vez, la primera expresión de la libertad, que es el bien supremo, según escribe Kierkegaard cuando medita sobre el propósito de la creación divina: «Lo más grande que se puede hacer por un ser es hacerlo libre» y añade el danés: «No es más que una idea miserable y mundana de la dialéctica del poder pensar que éste crece en proporción con la capacidad de dominar y de hacer dependiente» al otro… Esto lo sentó Kierkegaard refiriéndose nada menos que a la relación del ser humano con Dios; pues imaginemos lo que hubiera escrito el luminoso filósofo de haber conocido al Sr. Rajoy y su comportamiento «ferrolano».

2. Una nación está muy determinada por su etnicidad cultural y humana –costumbres, formas de ver el entorno, comportamientos íntimos y públicos, preferencias, etc.– cosas ambas de las que no hay coincidencias remarcables entre la mediterraneidad catalana, con toda su carga cultural venida del clasicismo latino y griego o del Renacimiento, y la castellanidad, que se forjó a golpe de hierro y santos armados contra los musulmanes que, en medio de sus querellas, edificaron un imperio repleto de saberes y elegancias.

3. Una nación está significada por una capacidad industrial y comercial que le confiere una personalidad notable en la creación de riqueza e invención, cosa que en la península ibérica solamente han logrado Catalunya y Euskal Herria, porque Asturias, la cuna de un sindicalismo fuerte y sano, fue abatida en 1934 ¿O no está de acuerdo con esto el socialismo existente, que necesita presentarse a sí mismo con esas tres palabras delatoras de su levedad política: «Somos la izquierda». ¿Es que resulta preciso decirlo verbalmente para que alguien sensato se sume a su proyecto de supervivencia? Un socialismo que ha entrado en el Parlamento para anunciar la llegada de «la autoridad competente».

4. A la nación la determina en gran medida su lengua, que cifra su paisaje y contenido ideológico, así como su libertad para dialogar responsablemente con otros pueblos o colectividades sociales. Esto no cabe ignorarlo de ninguna manera en la cuestión que nos ocupa.

Podrían analizarse más muestras de singularización nacional, pero con las mencionadas hay las suficientes razones para justificarse como naciones aquellas que lo hacen y conducir su existencia y calificarse plenamente como tales. Una existencia que ha de poseer su propia dinámica y una estimulante y progresista regulación normativa y estamentaria. Una existencia para la propia soberanía. Si no es así puede crearse una nación sobre el papel, que superviva en el coloniaje más o menos explícito, hecho que agudiza los desencuentros si la nación que de algún modo coloniza no posee además y en muchos aspectos la estatura o complejidad de la sociedad colonizada de hecho. Ante lo que lograron alcanzar Catalunya o Euskadi qué alguien explique, sin que le sostenga el micrófono la Guardia Civil, la sempiterna tradición de pobreza de gran parte de Castilla, de Andalucía, de Extremadura o de la Mancha ¿Qué han hecho sus líderes por aupar industria, comercio o investigación en esas tierras a fin de que ocupen un lugar de igualdad ante otras naciones a las que, por razones que habrían de explicar en gran parte sus propias minorías dirigentes, han sojuzgado dolorosamente?

Cuando escribo esta crónica sobre la libertad –ese bien supremo– la agresión desde Madrid a Catalunya empieza a revestir ciertos perfiles bélicos que las grandes potencias de la Unión Europea habrían de explicar para dejar medianamente limpia la ejecutoria democrática que se atribuyen y que tantos hechos desmienten, como la flagrante desigualdad entre sociedades, la extorsión cometida continuamente por los mercados, las leyes que dejan en nada la libertad de expresión, el veto frecuentemente velado con que se desechan las ambiciones más elementales de poblaciones numerosas que sólo sirven de combustible a las potentes corporaciones especuladoras. Esto me lleva a comprender, con el alma en la mano, a los partidarios de la república catalana que dicen no bastarles con lograr al fin una bandera soberana sino que es urgente y rigurosamente necesario ponerla como señal de otro tipo diferente de vida económica y social. Catalunya podría desde su libertad ser un santo y seña de la época que se está alumbrando con  tanta sangre. Una época en que lo humano volviera a medirse por la libertad y la igualdad que viví íntimamente, y pese al fascismo que me tocó en suerte, en una Catalunya asomada al mar que inventó el pensamiento. Sé que esto que escribo parece un apremio del alma, pero no se puede vivir sin que el alma exista.

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