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Naciones Unidas pide a EEUU el fin del bloqueo a Cuba: Trump lo endurece

Son ya 26 veces consecutivas en que la comunidad internacional exige a la Casa Blanca acabar con semejante política irracional, obsoleta e inútil.

16/11/2017

El 8 de septiembre pasado, el mismo día en que el huracán Irma impactaba de manera brutal en Cuba, dejando un rastro gigantesco de destrucción, el presidente Donald Trump firmaba la prórroga de la llamada Ley de Comercio con el Enemigo, para continuar con el bloqueo económico, financiero y comercial a la isla.

Un bloqueo que acaba de ser condenado de manera abrumadora, el 1 de noviembre, en la Asamblea General de Naciones Unidas, por 191 votos contra dos (EEUU e Israel). Son ya 26 veces consecutivas en que la comunidad internacional exige a la Casa Blanca acabar con semejante política irracional, obsoleta e inútil.
Recordemos que en 2001, el presidente –también republicano– George W. Bush, tras el impacto en Cuba de un huracán mucho menos potente, el Michelle, tuvo al menos un pequeño gesto: autorizó ciertas ventas de alimentos a la isla.

Pero tras el huracán Irma, lo único que ha llegado desde EEUU, el pasado 8 de noviembre, es la aplicación de nuevas medidas contra la economía cubana que Donald Trump había presentado en Miami el pasado 16 de junio, ante la tradicional caverna ultraderechista. La llamada Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), dependiente del Departamento del Tesoro, anunciaba nuevas restricciones de viaje a la isla y el veto a cualquier acuerdo o contratación de servicios con 180 empresas cubanas, principalmente del sector turístico.

Estas nuevas sanciones violan aún más el restringido derecho a visitar Cuba de la ciudadanía de EEUU –limitado a viajes académicos o de intercambio, nunca turísticos y siempre en grupo–, e impactan incluso en los beneficios de las compañías aéreas y hoteleras norteamericanas, ávidas de entrar en un mercado turístico con amplias posibilidades de crecimiento en los próximos años.

Es evidente que detrás de todo esto está la ultraderecha cubanoamericana, capitaneada por el senador republicano Marco Rubio, que vuelve a pilotar parte de la política exterior de EEUU. Su apoyo y sus votos, tan necesarios para el presidente Donald Trump en disímiles asuntos de política doméstica, tienen como contrapartida el regreso a la tradicional política exterior de línea dura, especialmente en América Latina: contra Cuba, más bloqueo y la reversión del proceso de normalización de relaciones; contra Venezuela, sanciones, cerco financiero y amenaza militar.

Unos supuestos «ataques acústicos» a diplomáticos de EEUU en La Habana fueron el pretexto que utilizó la Casa Blanca para congelar las relaciones bilaterales: sin aportar la menor prueba de la responsabilidad de Cuba en dichos incidentes, decidió retirar la mitad del personal de su embajada, expulsó a diplomáticos cubanos de Washington, congeló el otorgamiento de visas a la población cubana y emitió una «recomendación» oficial a su ciudadanía de no viajar a la isla.

Diversos analistas apuntan a la construcción de una operación de «falsa bandera», una más en la larga historia de incidentes justificativos de agresiones e intervenciones de EEUU en países incómodos. Como el hundimiento del Acorazado Maine (intervención en la guerra hispanocubana y posterior ocupación militar de la isla), el incidente de Tonkin (guerra de Vietnam) o las armas de destrucción masiva (invasión de Irak).

Los objetivos de este nuevo pretexto parecen evidentes: uno, destruir el proceso de restablecimiento de relaciones Cuba-EEUU, para dar satisfacción a Marco Rubio y al lobby de la ultraderecha con sede en Florida, cuyos votos en Congreso y Senado son tan necesarios para Donald Trump; dos, reducir el número de visitantes de EEUU a la isla y los consiguientes ingresos en el sector turístico, anticipando incluso una hipotética prohibición completa de viajes; y tres, al eliminar el procedimiento de visas, incumpliendo su compromiso de otorgar al menos 20 mil al año, y al limitar la posibilidad de una emigración legal y segura a EEUU, generar una crisis migratoria de salidas ilegales que justifique declarar a Cuba como una «amenaza a la seguridad nacional», de forma similar al decreto existente sobre Venezuela. Recordemos que, tras la derogación por Barack Obama de la política de «pies secos, pies mojados» que, durante años, otorgaba el asilo automático a cubanos y cubanas que pisaban tierra de EEUU, el número de balseros se había reducido casi en un 90 %.

Y es que Cuba, golpeada recientemente por un ciclón categoría cinco, sigue sufriendo un huracán estacionario, mucho más demoledor e inhumano: el del bloqueo económico, financiero y comercial que, a pesar de ser condenado cada año por toda la comunidad internacional, de manera casi unánime, sigue impactando en los derechos humanos y en las condiciones de vida de un pueblo pacífico, indefenso y solidario.

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