0 iruzkin

Morir en Varanasi

Cuatro hombres bajan un cuerpo en una camilla de bambú  para sumergirlo en el río Ganges, sagrado para los hinduistas. En ese momento, el cuerpo está cubierto de una tela blanca y una especie de manto donde resalta el color amarillo. Lo dejan secar un rato y después de quitarle el tejido amarillo, lo aposentan sobre troncos de madera y con palos sobre él. Una persona cercana al difunto, vestido también con una tela blanca tiene una antorcha de paja ya humeante y antes de prenderle fuego da unas vueltas alrededor del cuerpo. No derrocha ni una  lágrima, ni él ni nadie de los presentes. En la cremación que se realiza al aire libre no puede haber mujeres hindúes, solamente se les permitirá estar  en los momentos previos a la incineración. Durante unas tres horas y con la simple ayuda de unos polvos para que arda mejor,  los asistentes observan esta incineración hasta que queda reducido a cenizas. En ese lapso de tiempo el crudo ritual es cuando menos impactante, divisándose con nitidez las diferentes partes del cuerpo. Al final, las cenizas serán recogidas y depositadas en el sagrado rio.

Las idas y venidas de cuerpos son bastante numerosas y se observan unos diez cuerpos abrasándose en el mismo tiempo a distancias muy cercanas. Algunos se sitúan en las partes inferiores de la orilla y otros en las superiores. La estratificación de la sociedad en India también se ve reflejada en esta ceremonia funeraria, ya que las zonas superiores se reservan a las castas más altas. El hinduismo también tiene una función social y determina el papel que cada casta tendrá durante su vida. De esta forma perpetua el rol que la gente tiene durante su vida, haciendo irreversible su situación vital. Así pues, entre otras cosas se heredan situaciones de riqueza o de pobreza y también delimita el trabajo que se puede ejercer, ya que la casta a la que se pertenece determina los trabajos que se pueden realizar.

Para alguien que no está educado para morir y que vive la muerte en la intimidad como suele suceder en las sociedades occidentales, presenciar este acto es chocante. Mientras en las religiones monoteístas principales la muerte es tema tabú y se tiende a esconder los cadáveres en agujeros de un apartado cementerio, en Varanasi uno se halla ante la exposición pública de la muerte, con un ritual que destaca por la visibilidad y la naturalidad con la que se realiza.

Otro hecho que reclama atención es que para un hinduista morir en Varanasi es una especie de liberación. Se dice que quien muere en el Ganges llega al Mokhsa, liberándose del ciclo de reencarnaciones (Samsara). Es decir, la muerte como liberación.

Fuera de las creencias y volviendo al mundo terrenal, el culto está rodeado de secuencias surrealistas. Desde familiares que regatean el precio de la leña, perros escarbando en busca de quien sabe que, vacas que se comen las flores destinadas a los difuntos mientras orinan y unos señores que se bañan de manera impasiva a escasos metros con una especie de paño-tanga. Ni una película de Emir Kusturica podría reflejar la escena.

Es posible que uno se mire las manos intentando discernir entre ficción y realidad. En estado de shock y reflexionando sobre la importancia de sacar la muerte fuera del armario, se acerca un señor y mientras te toca el hombro te dice, “es la vida hermano, es la vida”. Te bendice con unas frases y te pide unas monedas.

/