A Rosi Hierro
Julen Sordo Enjuto
2015/07/26

Ha muerto Rosi Hierro. En silencio. Yendo a la cocina a beber agua y no regresando jamás. Su vida estaba en su casa y en la Herriko de Indautxu, en Bilbao. En casa le llamábamos «Aragón», porque no daba jamás su brazo a torcer, ni cuando le llevaron a la comisaría de Alameda de San Mamés. Le encantaban mis entrevistas en Punto y Hora de Euskal Herria; claro, eran de su corriente. Era tan cielo que, de buena, como dijera la canción de Yupanqui, «ni pisaba la gravilla». Lo que no entiendo es por qué muere una persona tan joven y comprometida. Aragón, siempre teníamos broncas y nunca tuve oportunidad para decírtelo, he sido uno más en quererte tanto, como Manu, Igor, Asier, «El Pegata», Nerea, Hodei, tus hermanas y todos nuestros vascos. Debieras haberme dicho que no volveríamos a discutir. Ahora ya no tendré con quien hacerlo. Nadie nos hacía rabiar tanto como tú y como yo. «Espéranos en el cielo, corazón...»