Historiador
El negocio de la guerra

Ahora que una parte de nuestro país está inmersa en los aniversarios de la Gran Guerra, he creído oportuno traer a estas líneas uno de los acontecimientos más despreciables que conoció Francia al término de la Primera contienda mundial. Han pasado cien años de aquella sarracina, nuestro territorio continental lloró la muerte de 6.000 de sus jóvenes en una crónica de la que aún son testigos mudos cientos de monolitos que se dispersan por los rincones de Ipar Euskal Herria.

2016/07/23

Se trató de una gran estafa. En los años posteriores a la conclusión de la guerra, se exhumaron cerca de un millón de cadáveres de los frentes, de los que una cuarta parte se entregaron a sus familias. El resto fue enterrado en cementerios enormes, dispuestos a ser visitados, con los gastos pagados, por sus deudos. Semejante empresa, destinada a salvar el trasero de quienes habían ordenado una carnicería de semejante magnitud (Francia tuvo dos millones de muertos, la cuarta parte civiles), generó un formidable negocio. Se modificaron los costes, se mezclaron restos, se malpagó a los enterradores importados de colonias y con el beneficio obtenido varios militares se convirtieron en poco tiempo en multimillonarios. Pierre Lemaitre hace una descripción brutal de este robo, «Nos vemos allá arriba», que le valió el Goncourt en 2014.

En nuestro país continental volvió a reproducirse la estafa después de la Guerra Civil. Desde 1938 a 1957, el Gobierno franquista creó el SNRDR (Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones), para ofrecer a constructores afines la reconstrucción de sus estragos. Eibar y Gernika entre ellas. La corrupción volvió a enriquecer a unos pocos.

Menos conocido, por razones de pudor político y falso estereotipo, las guerras también tuvieron y tienen su negocio en forma de agresiones y violaciones. De EEUU, área capaz de exportar lo peor de la condición humana, el historiador Robert J. Lilly cita una especie de «turismo sexual» durante la Segunda Guerra mundial de los soldados norteamericanos en Francia. La alemana Miriam Gebhardt achaca a los aliados cerca de un millón de violaciones tras la caída de Berlín y la derrota de Hitler.

Estas situaciones las volvemos a encontrar machaconamente repetidas en los diarios del siglo XXI, en la letra pequeña de los combates que se desarrollan en escenarios que ya nos resultan familiares, como si se tratara de barrios de nuestra ciudad, a la vuelta de la esquina. La guerra sigue siendo un negocio. Un gran negocio para una elite que no deja de crecer, subiendo de rango en la lista Forbes.

La industria armamentística es una de las más florecientes del planeta. En EEUU, junto a la del ocio (Hollywood y derivados) y las farmacéuticas, uno de sus pilares. En la actualidad, cerca del 2,5% del PIB mundial lo generan las armas, en su conjunto. Un negocio boyante que ha llevado a varias empresas como BAE Systems, Finmeccanica, Thales, Rheinmetall o General Dynamics, a aumentar geométricamente el valor de sus acciones en Bolsa.

Lo más sorprendente de este negocio, al margen de su universalidad, reside en los «detalles», en la puntualidad con que las finanzas recogen beneficios. Mario Moratalla relataba que tras los atentados yihadistas de París de noviembre de 2015 las empresas armamentísticas, entre ellas las citadas, se revalorizaron como la espuma. Un 10% en los días siguientes a la masacre del teatro Bataclan. La portada de “El Economista” del 17 de noviembre de 2015 fue significativa: «Las empresas armamentísticas se benefician del atentado de París». La muerte cotiza en bolsa al alza.

Se trata, sin duda, del lado opaco de la guerra, de la destrucción masiva ligada a la reconstrucción con contratos estratosféricos de los que saldrán beneficiadas también empresas que no tienen que ver, a priori, con el sector armamentístico. Un negocio lucrativo que muestra el lado más feroz de ese capitalismo que nos va convirtiendo poco a poco en piltrafas humanas, arrinconando nuestro sentimiento solidario de especie.

Este ambiente hipócrita que nos envuelve tiene un hilo conductor que se pierde en uno de los «pros» que jamás he logrado entender. La industria armamentística vasca ha sido uno de los pilares de nuestra economía. Al parecer estamos orgullosos de ello. Aún en 2016 representa el 14% de la industria española del sector. Uno de los bancos que la financia tiene su sede social y fiscal en Bilbao, el BBVA. En Eibar, a solo unos kilómetros de la capital vizcaína, el Museo de la Industria Armera se vanagloria en su página web de contribuir a «la conservación y difusión de la memoria histórica y el patrimonio industrial de un pueblo de gran tradición armera».

Las armas «Made in Basque Country» han contribuido a perpetuar la desolación en el planeta. No solo en los conflictos actuales, sino también en los históricos. ¿Habrá algún día una contabilización de cuántos millones de personas han muerto en los cinco continentes con la etiqueta del label vasco?

Comenzaba el artículo con el recuerdo de los 6.000 jóvenes de Ipar Euskal Herria que fallecieron en la Gran Guerra. Los vascos peninsulares no participaron en la contienda. Pero algunos de sus empresarios se enriquecieron a costa del conflicto bélico, en lo que se llamó la Edad de Oro de la industria armamentística vasca. ¿Alguna vez nos hemos parado a pensar que aquellos jóvenes imberbes de Baigorri, Atharratze, Sara o Ziburu expiraron su último aliento tras ser alcanzados por artefactos o armas fabricados en Gernika o Eibar? Los expertos me dicen que por el recorrido del armamento es improbable, pero la posibilidad me llena de desasosiego.

Decenas de miles de fusiles, granadas de mano, explosivos de label vasco fueron utilizados contra los independentistas cubanos mientras Sabino Arana glorificaba su gesta para separarse de España. Los separatistas de Abd el Krim, en el Rif, sufrieron también el martirio de la aviación española cargada con material fabricado en Gernika. La imagen de 1937 me ha golpeado inmediatamente la conciencia. Pero la zozobra emocional tiene su continuidad. Unceta y Cia, de Gernika, vendió más de cien mil armas para las Fuerzas Armadas de la Alemania de Hitler, durante la Segunda Guerra. A quienes solo unos años antes habían bombardeado y exterminado la villa foral.

No son crónicas que desaparecieron para incrustarse en una nota al pie de página de un libro para especialistas. La llegada del gran tahúr que fue Felipe González reactivó la industria armamentística mientras ahogaba la naval. El castigo político, el palo y la zanahoria, marcó la diferencia. Y una industria familiar vasca como Gamesa, hoy al parecer modelo de energías alternativas (eólicas), alcanzó el estrellato. Las víctimas fueron la mayoría civiles, iraquíes e iraníes. Y sus dueños, como tantas otras veces, entraron en la lista Forbes de las mayores fortunas.

Son crónicas también presentes y, en consecuencia, mientras este sistema nos apriete, de futuro. El Colectivo Gasteizkoak acaba de zarandear nuestras conciencias, y la verdad es que lo ha conseguido, con su trabajo ‘Estas guerras son muy nuestras. Industria militar vasca’ (Txalaparta). Su lectura impacta. No deja lugar a esas identidades románticas de nuestros antepasados, a esa falsa idea de lo vasco como escenario de fragantes esencias.

Un centenar de empresas vascas tienen vinculación con la producción de material militar. Algunas de estas empresas están dirigidas por «ilustres» personajes, entre ellos el presidente del consejo de administración de un equipo vasco de fútbol con más de cien años de historia. Cuatro de ellas, SAPA, Sener, ITP y Aernova (antes Gamesa) están en el Top. Subvencionadas con dinero público institucional. Y mientras, apelaremos a esas mismas instituciones para que sean un poco más indulgentes y abran las puertas a los refugiados que huyen de esos escenarios abrasados por explosivos y artilugios «Made in Basque Country». La hipocresía no tiene límites.