Raúl Zibechi
Periodista uruguayo
La importancia de llamar a las cosas por su nombre

El nuevo gobierno griego será sometido a todas las zancadillas imaginables: desde las económico-financieras pergeñadas por Berlín y Bruselas, hasta las más duras (tipo Euromaidán) confeccionadas por los servicios occidentales

2015/01/31

Una de las mayores virtudes de las crisis es que arrastran a la superficie todo aquello que permanece oculto durante los períodos de calma. Una de ellas, desde una mirada latinoamericana pero que podría ser de utilidad para las izquierdas emergentes en Europa, gira en torno a la cuestión de la economía y su relación con la geopolítica. Podemos aceptar que todos los países de Sudamérica son capitalistas. Sin embargo, unos están enfrentados a los Estados Unidos y al capital financiero global y otros son sus aliados.

Quiero decir que la economía, a secas, no dice demasiado. O, como señala el profesor de economía política brasileño José Luis Fiori, quien coordina el grupo de investigación “Poder Global y geopolítica del capitalismo”, «la misma política económica puede tener efectos completamente diferentes en distintas circunstancias geopolíticas o geoeconómicas».

Fiori es uno de los pocos pensadores latinoamericanos que durante la crisis actual ha desarrollado análisis geopolíticos desde el Sur, y no es casualidad que su grupo de trabajo esté afincado en Brasil. Analiza el comportamiento de diferentes países a partir de la crisis de 2008. La Unión Europea, por ejemplo, aplicó políticas económicas ortodoxas con resultados desastrosos desde el punto de vista del crecimiento y del empleo. Sin embargo, políticas similares tienen efectos positivos en los países escandinavos y en Inglaterra, en el mismo período.

Estados Unidos tiene éxito «con una política monetaria y fiscal absolutamente heterodoxas», pero la misma política «tiene efectos desastrosos en el Japón del primer ministro Shinzo Abe». Este sumario repaso (profundizado en su reciente libro “Historia, estrategia y desarrollo. Para una geopolítica del capitalismo”, Boitempo, 2014), le permite concluir que el éxito o el fracaso de las política económicas «depende de factores externos a la propia política económica, y no de la verdad o falsedad de sus premisas teóricas».

El exitoso crecimiento de China, donde se han ido modificando reglas e instituciones según sus propios objetivos estratégicos sin que los inversores internacionales se hayan asustado, es para Fiori una muestra de que las políticas económicas por sí solas no dicen mucho. «Para los chinos, el desarrollo capitalista es solo un instrumento para defender su antigua civilización» (Carta Maior, 27 de febrero de 2013).

La cuestión central, por tanto, es para qué se utiliza una política económica, considerada apenas como herramienta, no neutral por cierto, pero dependiente de los objetivos de largo plazo de un país o una región. Aquellos que no tengan objetivos autónomos de larga duración, serán objetos dóciles en manos de los que sí los tienen. En este caso, los Estados Unidos y el capital financiero.

La principal característica del actual período en el mundo, es «el avance de la radicalización ultraconservadora de la sociedad y del establishment norteamericano», como señala Fiori y podemos comprobar a diario. Se trata de una política de largo aliento, que fue diseñada desde el fin de la Guerra Fría y que conoció un salto adelante con los atentados del 11 de Setiembre de 2001. Desde ese momento el núcleo más duro de los conservadores controlan la política exterior (Dick Cheney y Donald Rumsfeld, entre ellos). Una política que no retrocedió bajo la administración de Barack Obama.

Esa orientación produjo los golpes de Estado «constitucionales» en Honduras (2009) y en Paraguay (2012), la «rebelión» de la plaza Maidan en Kiev y el golpe contra un gobierno elegido en las urnas (por más corrupto y autoritario que fuera) y toda la política agresiva contra Rusia y China. Esa política exterior provocó la guerra civil en Siria, la intervención en Libia y la reacción militarista ante las primaveras árabes. Es una política despiadada que un día financia al Estado Islámica y el mismo día lo utiliza como argumento para realizar bombardeos aéreos.

El problema, sin embargo, no está allí. «Ellos», el capital financiero y las elites de Estados Unidos, tienen una política clara y un objetivo central (mantener el mundo a sus pies) y no dudarán en hacer lo que sea para mantener la dominación, incluyendo el uso de armas nucleares. El problema está en «nosotros», los que estamos contra el sistema y contra la dominación de «ellos». No tener claro, por ejemplo, que la guerra económica y monetaria en curso es parte de una guerra mayor por la hegemonía mundial, es haber perdido el norte y estar desarmados ante los conflictos que arrasan el planeta.

Uno de los escenarios de esta guerra es Europa. Otro es Sudamérica. En Europa buscan evitar su alianza (energética, económica y geopolítica) con Rusia y los crecientes vínculos económicos con China. Para usar a la Unión Europea contra Rusia no dudan en destruirla, disolver el euro y todo atisbo de autonomía de una región que es clave para la supervivencia del dólar y la superioridad militar estadounidense. El nuevo gobierno griego será sometido a todas las zancadillas imaginables: desde las económico-financieras pergeñadas por Berlín y Bruselas, hasta las más duras (tipo Euromaidán) confeccionadas por los servicios occidentales.

En Sudamérica las cosas marchan por el mismo camino. El acoso al Gobierno de Venezuela es apenas el síntoma más evidente de un proyecto para reestructurar toda la región, incluyendo por primera vez la ambición de someter a Cuba al capital financiero. El centro de gravitación de la política estadounidense para someter la región es Brasil, así como en Europa es Alemania.

Los dos principales aliados estratégicos de Brasil en la región son Argentina y Venezuela. Justamente los dos países donde el capital financiero ha puesto sus garras generando inestabilidad, desangrando sus reservas y promoviendo la movilización de las clases medias. Los cercos financiero y mediático confluyen en ambos países en generar crisis económica y un hondo clima de desasosiego que se manifiesta en cada país de modos parcialmente diferentes. Dicho lo anterior, también debe decirse que los respectivos gobiernos han facilitado la labor del capital financiero con gruesos errores que no eran inevitables.

Pero la ofensiva más fuerte es directamente contra Brasil. Según Fiori, por tres motivos que nada tienen que ver con la economía. Uno: Brasil pasó de encabezar un proyecto de integración económica convencional como el Mercosur, a liderar «un bloque político con el objetivo de impedir toda intervención externa en América del Sur». Dos: decidió aliarse con China, India y Rusia (BRICS), «el principal bloque de poder internacional que se opone al proyecto unilateralista de la globalización norteamericana». Tres: Brasil tomó partido en Oriente Medio contra el eje Estados Unidos-Israel (Valor Económico, 6 de noviembre de 2014).

Ahora llegó la contraofensiva imperial. La crisis actual que atraviesa Brasil se relaciona directamente con esta opción estratégica, incluyendo la crisis de Petrobras que amenaza con hundir buena parte del proyecto de largo plazo del país. Lo que está faltando allí es un discurso que nombre las cosas y no las eluda. Si Brasil insiste en su proyecto de liderar una región autónoma, las tensiones serán cada vez mayores. Para cercar al único país que puede desafiar la hegemonía estadounidense, fue creada la Alianza del Pacífico.

El no nombrar las cosas contribuye a la confusión. Y a dobleces que siempre perjudican a quienes buscan cambios. Uruguay, por ejemplo, puede optar por integrarse a la Alianza del Pacífico cuando asuma la presidencia Tabaré Vázquez el 1 de marzo. El discurso oficial dice que «Brasil no tiene enemigos».

Pero está construyendo su primer submarino nuclear.

Ponerle nombre a lo que está sucediendo ayuda a que los pueblos se preparen para lo que está llegando.

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