Mikel Etxeberria
Militante de la izquierda abertzale
«Tu decideixes»

Parece que un refrescante viento ha comenzado a soplar por algunos rincones de esta enmohecida Europa de los estados insensibles. Escocia ha sido la primera manifestación de ese nuevo aire y, aunque el resultado no fuera el deseado, sí que ha servido para marcar un antes y un después, así como para comprobar la magnitud de los seísmos que esos procesos provocan en los poderes que se consideran a sí mismos los elegidos para regir los destinos tanto de Europa como de sus ciudadanos.

2014/10/23

Escocia ha dado el primer paso. Otros pueblos europeos estamos en la misma senda de la recuperación de la soberanía nacional. Cada uno por su vía y a su ritmo, porque nuestro continente es amplio y diverso, pero coincidiendo en que Europa no puede permanecer ajena a las naciones sin estado que acoge y que son precisamente las ancestrales raíces del continente.

Catalunya parece que va a ser el segundo vendaval. Hace pocos años nadie habría apostado por que el pueblo catalán fuera a llevar adelante con semejante energía arrolladora su propio proceso soberanista. Fruto de herramientas políticas manejadas con habilidad y del trabajo bien hecho, los catalanes ha ido haciendo su camino hasta llegar al actual punto de ebullición.

Debo reconocer que el desarrollo del proceso catalán me está sorprendiendo muy gratamente. Me llama la atención la vitalidad de sus decisiones, la capacidad para haber generado una potencia social unitaria que está siendo la fuerza motriz del proceso.

Considero que esa es la clave del éxito: la creación de una energía ascendente que parte de la propia base de la sociedad catalana y que va calando hacia sus élites en una suerte de capilaridad ineludible por necesidad. Observo, así, un movimiento bien estructurado, enraizado en la ciudadanía y su tejido social que va incidiendo absolutamente en todos los sectores de la vida catalana.

Pero no es el análisis del proceso catalán el objeto de esta reflexión. El día a día ya lo seguimos en estas páginas de GARA, o incluso minuto a minuto en NAIZ, porque en verdad que es un proceso a observar estrechamente, ya que tenemos mucho que aprender también en Euskal Herria.

Y es concretamente en ese aspecto, en el flujo y reflujo de experiencias, en lo que quiero detenerme, desde el reconocimiento a la vía catalana y la necesidad de extender una solidaridad práctica entre nuestras naciones.


Hemos repetido muchas veces que cada pueblo debe tener su vía particular hacía la recuperación de la soberanía. Esto no significa que cada cual deba seguir su camino ajeno al resto. No podemos permitirnos el lujo de ser simples observadores, manteniéndonos en modo de aguardar noticias e ir comentando cómo les va por la tierra catalana.

Para un pueblo que también está en lucha jamás, y digo bien, jamás es momento de aplaudir y mirar con envidia. Esas empatías admirativas y pasivas no sirven para nada ni en el propio país ni de cara al que se envidia. Ya llegarán los abrazos y las felicitaciones a la llegada a meta; mientras viene ese día, no hay más que la solidaridad comprometida y militante, el apoyo mutuo desde la acción, que no desde las tribunas magistrales.

Ademas, entre Escocia y Catalunya, últimamente se prodiga en Euskal Herria la expresión «sana envidia». Pero ¿qué es eso de sana envidia cuando estamos todos remando cada uno en nuestra trainera pero la bandera será un beneficio común? Así de curiosa es esta regata de la solidaridad, en la que todos debemos aprender de la bogada de todos y comprometernos en el éxito de los demás aportándoles también nuestra potencia.

Catalunya y Hegoalde compartimos estado usurpador de nuestras soberanías nacionales, estamos en el mismo contexto geopolítico. Valen las experiencias para tornarlas en enseñanzas que nos hagan mejorar en nuestro proceso nacional. Cada pueblo tiene un camino, pero todos pueden llegar a converger en un momento determinado en una misma sintonía que multiplique la efectividad de la solidaridad.

Hubo un tiempo en que los procesos antiimperialistas tejieron una red de solidaridad internacional que dignificó valores de la Humanidad. Momentos clave en unos lugares del mundo generaban seísmos de apoyo en otros y la solidaridad entre pueblos fluía, con experiencias y compromisos.

En el tablero europeo compartimos horizonte con otras naciones que también buscan su reconocimiento y su lugar en el contexto internacional.

Con Catalunya nos enfrentamos al mismo Estado unitario que nos impone la supremacía de su soberanía, y eso supone que aunque cada uno llevemos nuestra propia vía, a la postre la estación final viene a ser la misma, como también lo es la orografía agresiva y represiva que nos toca superar.


Los vascos hemos estado decenios en una lucha de resistencia contra el totalitarismo unionista de España que ha sido ejemplo de dignidad en Europa y el mundo. Ahora transitamos por un nuevo ciclo en el marco de la misma lucha de siempre por la causa vasca. Aunque en la actualidad las formas en la lucha hayan cambiado, seguimos teniendo la responsabilidad de estar en primera línea, lo mismo de quienes aprenden de las experiencias de otros procesos que de quienes los apoyan desde la solidaridad más activa y firme.

No se trata de injerencia ni de impartir enseñanzas, sino de colaborar en multiplicar la potencia transformadora de la vía catalana sabiendo que con ello estamos fortaleciendo también nuestro propio euskal bidea y enriqueciéndonos con experiencias para alcanzar mejor y antes el objetivo.

La convocatoria de consulta en Catalunya y la amenazas de España y sus partidos unionistas ponen el proceso catalán en un punto decisivo. El estado activa toda su maquinaria –la legal, la sucia, la mediática...– para frustrar las aspiraciones de la ciudadanía catalana y perpetuar la dominación imponiendo su voluntad por encima de  cualquier otra.


Catalunya se prepara para defender su derecho a decidir y deberá multiplicar sus movilizaciones e iniciativas para hacerse oír y respetar.

Los vascos debemos ir más allá de las hermosos deseos compartidos. Estamos ya en el momento en que la recuperación de la soberanía no es cuestión de fe, sino de acción. Y precisamente por eso, porque somos un pueblo comprometido que sabe lo que es sufrir y luchar, que entiende lo que es la solidaridad desde la óptica de quien la recibe y quien la da, tenemos el deber de apoyar con toda la fuerza al pueblo de Catalunya para que pueda ejercer su derecho a decidir el 9N.

En Catalunya están asentando ya los mojones de su soberanía y tenemos que ayudarles a que nadie se los mueva, conscientes de que en ese compromiso de solidaridad activa estamos también fijando nuestros propios hitos de la soberanía vasca. Somos dos naciones, cada una con nuestro camino y nuestro paso, pero nos enfrentamos a la intolerancia de un mismo estado y nuestros destinos convergen.

Así pues, no podemos eludir la responsabilidad de empujar ahora a su lado, desde la perspectiva de la solidaridad entre naciones que avanzan hacia la soberanía. Pero creo que esa tarea no es particular de la izquierda abertzale sino que debe ser extensiva al conjunto de fuerzas que reclamamos en Euskal Herria el derecho a decidir.

Si en Euskal Herria debemos avanzar como pueblo, así debe ser también nuestra solidaridad práctica con Catalunya. Ayudarles es ayudarnos, y también decirle a España y a sus integristas que tienen enfrente dos naciones que desde su diversidad empujan unidas hacia el logro de sus respectivos porvenires.

Sería interesante plantear una reacción práctica y eficaz de apoyo a Catalunya, concretándola en acciones y fechas que lo expusieran con claridad. Vamos viendo cómo reacciona el Estado, y hay que enfrentarlo. No solo por el pueblo catalán, sino también por nosotros. Aunque cada uno llevemos nuestro camino, al final nos espera a ambos la libertad como nación.

Gritar hoy Visca Catalunya! es proclamar también Gora Euskal Herria askatuta! Dos naciones, negadas por el mismo Estado, hacia la libertad.

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