Félix Placer Ugarte
Teólogo
Conflictividad cultural

Partiendo de los procesos de colonización a través de los cuales se han pretendido suprimir las señas de identidad de los pueblos para anularlos, Félix Placer aterriza en los «modernos» colonialismos que se desarrollan bajo el paradigma de la globalización. Y denuncia el empeño en negar, en el caso de Euskal Herria, como en los de otros pueblos, la cultura propia que es «la manera en que un grupo humano vive y siente, piensa y se expresa, trabaja y se organiza, celebra y comparte la vida». Un problema irresuelto que el teólogo alavés considera que es urgente afrontar.

2014/09/16

La historia de Euskal Herria y de otros pueblos del Estado español y del mundo ha sido una largo proceso de invasión cultural, de colonizaciones, de imposiciones simbólicas, míticas y lingüísticas con las que los imperialismos destruyeron y anularon pueblos, tradiciones y lenguas. Así, por ejemplo, el castellano se utilizó como un importante medio político de dominio aculturador. Con esta intencionalidad fue presentada la Gramática castellana de Nebrija (1492) por el obispo de Ávila a la reina Isabel como un arma para dominar y someter «muchos pueblos bárbaros y peregrinas lenguas». El colonialismo fue –y continúa siendo hoy bajo el nombre de globalización– la pretensión de dominio o superioridad de una cultura sobre otras, de un pensamiento sobre los demás.
En nuestro pueblo, más que los romanos –quienes en su invasión militar respetaron la idiosincrasia de los «vascones»–, fueron los visigodos –y la cristiandad en la que se apoyaron para su dominio peninsular– quienes arremetieron agresivamente contra los que denominaron «turba nefanda».
Con instituciones políticas estables en el Reino de Navarra se consolidó la cultura e identidad de los vascos –aunque siempre bajo la égida de la cristiandad dominante–, hasta que la invasión castellana con sus ejércitos (1512-1524) y bulas papales impuso la unidad político-cristiana que por el sur expulsó a los musulmanes y, por el norte, suprimió el Estado vasco. El más doloroso y cruel ataque a la identidad y cultura vascas fue sin duda el periodo que siguió a la victoria de los sublevados con la represión franquista. Se intentó destruir nuestra cultura en todas sus dimensiones: lingüísticas, simbólicas, míticas, ideológicas, territoriales… con la alianza de una jerarquía eclesiástica sometida al dictador y al nacionalcatolicismo de la «cruzada».
El proceso de «desculturación» de Euskal Herria es una muestra más entre las extensas e intensas agresiones del imperialismo a los pueblos cuando por intereses económicos, expansivos, militares, estratégicos se los ha querido someter. Su arma más penetrante y destructiva ha sido siempre la cultural-ideológica. Por una razón evidente: la cultura es y contiene la identidad de un pueblo; son las alas del pueblo para volar en libertad. Si se destruye o anula esa conciencia, el pueblo quedará vencido y sometido y será incapaz de reaccionar liberadoramente. Estará a merced de sus invasores, porque han cortado sus alas.
En efecto, cultura es la manera en que un grupo humano vive y siente, piensa y se expresa, trabaja y se organiza, celebra y comparte la vida. La cultura es el primer capital del humano de cada pueblo por el que el pueblo existe y es. Se define por tres características inseparables: su tierra habitada, cultivada, cuidada. Su religación o relaciones profundas, expresadas en mitos, valores comunes, arte, sentimientos de pertenencia e identidad, símbolos, tradiciones y costumbres. Sus formas de comunicación, cuya expresión fundamental es el lenguaje de cada pueblo, en nuestro caso, el euskara.
La cultura, como un río que mana desde el  fondo del bosque o brota en las rocas de la montaña y continúa abriendo su cauce serpenteante entre árboles, hierbas, hojas y piedras, alimentado por escondidos manantiales, nace en la profunda prehistoria de cada pueblo y sus aguas surcan su tiempo y tierra. Fluye trazando meandros de complejas experiencias, se integra en su paisaje antropológico, étnico como algo constitutivo de su identidad primigenia y de su historia. Escritores, poetas, artistas, bertsolaris han ido simbolizando, manteniendo y reforzando esas profundas experiencias, como lo hizo en su día el impactante film concebido «desde el pueblo y para el pueblo» de Fernando Larruquert y Nestor Basterretxea, «Ama Lur». Todo un revulsivo cultural-político en aquel momento (1968), hoy recuperado y que sigue siendo en su emotividad y simbolismo –oteizanos– la mejor expresión fílmica de nuestra idiosincrasia.
Nada se puede lograr secando ese río, ocultándolo o contaminándolo; tan solo destruir un pueblo para reducirlo al desierto de la globalización neoliberal. Privar a un pueblo de su identidad cultural es empobrecerlo radicalmente e incapacitarlo para su desarrollo autónomo y también para  su colaboración solidaria, ya que estas señales identitarias no encierran a los pueblos en sí mismos, los capacitan para su relación abierta, solidaria, igualitaria con otros pueblos; también con quienes vienen como inmigrantes con su cultura y su lengua, a quienes ayuda a integrarse como cultura viva y abierta.
Esta cultura es dinámica, creativa y para progresar necesita dotarse de sus propias instituciones políticas, sociales, culturales, y defender su tierra, su ecología, mantener sus símbolos y mitos identificadores que la representan y se manifiestan en los acontecimientos de su historia. Y cuando un pueblo es invadido en su cultura, cuando peligra su identidad, cuando se intenta cortar sus alas, siente profundamente el conflicto en su conciencia de pueblo, en su identidad soberana. Entonces defiende y reclama con especial intensidad –la Diada ha sido una contundente expresión– su libertad de decisión, su autodeterminación e independencia.
Con tales reivindicaciones, los pueblos (Catalunya, Escocia, Galicia, Euskal Herria, entre otros, con sus diferencias) reclaman el derecho a la propia cultura con todo lo que implica. Porque las agresiones políticas contra esta voluntad soberana de cada pueblo son, en primer lugar, culturales. En efecto, el grave conflicto entre el Pueblo vasco y los estados español y francés, como también los obstáculos en Catalunya a la consulta, se deben al conflicto secular frente a culturas políticas impositivas.
En consecuencia, es urgente afrontar ese irresuelto problema desde parámetros culturales plurales, abiertos, dialogantes que conduzcan a una auténtica paz cultural. Por tanto, el desafío planteado hoy en los diversos pueblos ante sus conflictos tanto económicos, como políticos y sociales debe abordarse en parámetros culturales que contemplen, respeten, consideren y dialoguen desde esa riqueza y diversidad que han ido elaborando con el paso de los siglos. La «V» de la Diada del 11 de septiembre ha sido su mejor expresión.
Es la manera de buscar, ofrecer y realizar alternativas permanentes, donde la libertad de los pueblos abran la esperanza de una Europa y de un mundo diferente, basado en la ética y la justicia, en la solidaridad, en la interculturalidad, desde el mutuo respeto a su decisión. «Se trata de escuchar –como ha insistido el papa Francisco– el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres de la tierra, porque la paz se funda no solo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos».
Estas afirmaciones plantean hoy, también, un desafío decisivo a la Iglesia vasca para ser fiel al mensaje de un evangelio cuya verdad debe expresarse en la cultura de cada pueblo para ser liberadora y contribuir a la paz cultural y a la cultura de la paz.

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