Una campaña de vendimia atípica en Rioja Alavesa, en los tiempos y en las formas

El covid-19 también ha afectado a la vendimia en Rioja Alavesa, que ha comenzado dos semanas antes de lo previsto. El coronavirus ha obligado a aumentar las medidas de seguridad para garantizar la salud de los temporeros. Se han sometido a pruebas PCR y viven en «burbujas». De casa al campo y del campo a casa.

Ion Salgado|20/09/2020
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Apenas 50 kilómetros separan Gasteiz de Eskuernaga (Villabuena). Es un camino sinuoso, que cruza los campos de Trebiñu y desciende las escarpadas cuestas del puerto de Herrera para adentrarse en un mar de viñas que tiñen de verde la Rioja Alavesa. El reloj marca las 10.15 y todavía no ha levantado. El viento sopla del Ebro y las nubes chocan contra la Sierra de Cantabria, un gigante de roca que perfila el paisaje y garantiza un clima propio para el desarrollo de los viñedos.

Basta con prestar un poco de atención para ver que ya cuelgan racimos de la vides. Este año se ha vuelto a adelantar la maduración de la uva y la vendimia ha comenzado un par de semanas antes de lo previsto.

Pequeños tractores transitan por las carreteras que conectan Guardia, Samaniego, Bastida y Eskuernaga. Van cargados de uva hacia las bodegas, donde los enólogos realizan labores propias de un alquimista. Mezclan tempranillo, garnacha, graciano, viuda y malvasía para dar forma a los caldos, tintos y blancos, que dan fama a Rioja Alavesa.

El vino sustenta la economía de una Cuadrilla que no se ha librado de la pandemia. Muchos recuerdan las imagenes de mazo, cuando agentes de la Ertzaintza vestidos con buzos blancos repartieron órdenes de reclusión en Bastida. Una pesadilla que no quieren revivir.

Medidas frente al covid

El coronavirus obliga a extremar la precaución, bien lo saben en las bodegas Luis Cañas, donde nos espera Mariannick. En la puerta han colocado un felpudo y hay un dispensador de gel hidroalcohólico en el interior. Está junto a un cuaderno de visitas, donde hay que apuntar los datos personales, así como la hora de entrada y salida.

Mariannick nos presenta a Rubén Jiménez, el director de viticultura, que nos guía hasta un viñedo situado cerca de Samaniego. Allí trabajan una cuadrilla formada por nueve temporeros procedentes de Quesada, un pueblo rodeado de olivares en la provincia de Jaén.

El grupo Luis Cañas ha contratado 28 temporeros para esta campaña. Llevan años trabajando con los mismos, y no solo vienen en setiembre. Se encargaron de la poda en invierno y realizaron labores de desniete en primavera, cuando golpeó la primera ola del covid-19.

La experiencia de aquellos meses les ha servido de ayuda a la hora de diseñar las medidas de prevención. Los temporeros firmaron el contrato en origen, donde se les realizó una prueba serológica, y el martes de la semana pasada se sometieron a una PCR en Guardia.

Tres cuadrillas duermen en una residencia anexa a la bodega y una cuarta reside en una casa exterior. Cada cuadrilla funciona como una «burbuja». Realizan diferentes horarios y van de la casa al campo y del campo a la casa.

El protocolo se ha diseñado para evitar que se produzcan contagios durante el mes que dura la vendimia. Confinar a una cuadrilla supone un riesgo inasumible. Si la uva no se recoge a tiempo, se puede perder.

Antonio Torrente es el encargado de la cuadrilla que trabaja en el viñedo en el que nos encontramos. Reconoce que tuvo dudas antes de venir: «La cosa estaba fea pero, viendo el protocolo de seguridad que nos han puesto, estamos tranquilos».

Estarán un mes en Euskal Herria, recogiendo a mano los racimos. Un trabajo duro que conocen bien. No en vano, hace más de una década que trabaja para Luis Cañas, un grupo que produce 2,5 millones de botellas, bien sea con la etiqueta de Luis Cañas o con la de Amaren.

Avance tecnológico

Las uvas recogidas en los viñedos son transportadas a la bodega, donde se pesa y se decide su destino. Al igual que en el campo, se han establecido nuevas medidas de seguridad a la hora de dar entrada a los tractores en la zona de pesaje.

Fidel Fernández, director técnico, se encarga de hacer la recepción a los viticultores. Comenta que a consecuencia del covid-19 el trato con los proveedores es más frío pero, al menos, ha propiciado un avance tecnológico. Han creado una aplicación que informa de la llegada del tractor y del origen de la uva que transporta. «Ya no tienen que dar papeles, con la aplicación vemos de la viña de la que viene», explica antes de tomar una muestra del último tractor que acaba de llegar. El resultado estará en unos minutos y dictaminará a qué tolva van las uvas.

Los operarios cortan y revisan los racimos antes de que la uva se convierta en mosto y comience la fermentación, a la que seguirá un largo reposo en bodega. Pasarán años hasta que se puedan consumir los crianzas y los reservas; hasta que se puedan descorchar las botellas en casa, en un txoko o en la barra de una taberna. Este no es un negocio para impacientes.

Es un sector arraigado a la tierra, que ve con preocupación el impacto que ha tenido el covid-19 en la hostelería y analiza cómo hacer frente a un futuro marcado por el aumento de las temperaturas. «El cambio climático esta aquí y nos tenemos que adaptar, porque cambios va a haber», destaca Jiménez.

«Tenemos que cambiar la forma de trabajar para adaptarnos, porque estamos muy vinculados a esta tierra. Si hacemos lo mismo que estamos haciendo hasta ahora, el vino va a cambiar pero, si nos vamos adaptando e introduciendo medidas que para que la uva siga teniendo la misma tipología, podremos seguir haciendo vinos aquí durante mucho tiempo», añade.

La unión con la tierra es algo que el grupo Luis Cañas quiere que se vea en la etiqueta de sus botellas. Jiménez considera que la diferenciación de los “vinos de pueblo” y los “vinos de zona” fue un «paso adelante», pero pide más medidas que pongan en valor el viñedo, que pongan en valor «viñedos diferentes, uvas diferentes y una forma de trabajar diferente. Eso es lo importante, que el consumidor sepa y tenga las cosas claras».