El mundo está insoportable. La civilización, tal y como la hemos conocido, avanza sin freno hacia una descomposición sin precedentes. No es solo que las comunidades se vean amenazadas por una ola política reaccionaria que ya está mermando, cuando no destruyendo, derechos y libertades que creíamos consolidados. No es solo que prácticamente hayan desaparecido las garantías del derecho internacional frente los embates del matonismo belicista, de los execrables abusos de los países poderosos sobre los más débiles. El problema real es que la sublimación del capitalismo ha terminado por adueñarse de todos los estamentos de poder, públicos y privados, y valores como la justicia, la solidaridad o la libertad han sido despojados de su preeminencia moral y desplazados del centro de la conciencia en las sociedades. Entiendo que para el lector esta visión pueda parecer exagerada, incluso apocalíptica. Sobre todo si tenemos en cuenta que en Euskal Herria esta realidad aún aparece en cierto modo mitigada por los sólidos diques de contención que ha costado décadas levantar. Pero el enemigo está a las puertas. Y, por una parte, no podemos esperar que esos diques aguanten eternamente sin el mantenimiento adecuado, por costoso que sea. Y, por otra, tampoco parece viable encerrarnos tras nuestras fronteras para enfrentar en solitario una realidad global tan poderosa como intimidante. La semana pasada, EH Bildu y la CUP mantuvieron en Bilbo un encuentro en el que mostraron una decidida apuesta de colaboración entre ambas formaciones soberanistas, con el objeto de impulsar el diálogo entre los pueblos como vía ineludible para combatir el «avance de la ofensiva reaccionaria». Este contacto se suma a los ya mantenidos en el inicio del curso político con BNG, ERC y Sumar. Si por algún camino se ha de avanzar hacia una sociedad mejor, ese será el del diálogo, la negociación y el acuerdo entre diferentes. Valores que, precisamente, se encuentran en el ADN fundacional de Euskal Herria Bildu.