Los incendios han puesto en jaque a una buena parte del territorio rural de la península ibérica. Se trata de un fenómeno tradicionalmente asociado al verano, con las altas temperaturas y la sequía como principales factores de riesgo. El fuego aparece de repente, poderoso, devastador, impredecible e incontrolable. Las llamas causan daños materiales, personales y ecológicos extremadamente graves, difícilmente reversibles.Los incendios han acompañado al ser humano y a sus civilizaciones a lo largo de la historia. En el año 64, Roma ardió durante diez días bajo el mandato de Nerón. En 1666, el fuego asoló Londres: destruyó más de 13.000 casas y la ciudad medieval amurallada. En 1871, más de 100.000 personas se quedaron sin hogar en el gran incendio de Chicago. Es evidente que el fuego no es algo nuevo. Pero sí lo es, y mucho, el medio físico y las circunstancias en las que se desarrolla. El cambio climático es un factor clave: el termómetro siempre ha apretado en verano, pero ahora las olas de calor son más frecuentes, intensas y prolongadas, y las sequías más persistentes. Además, el abandono rural ha dejado un paisaje con miles de hectáreas libres de cultivo y pastoreo, sustituidas por grandes masas forestales y con exceso de combustible. Ha mutado incluso la naturaleza de los incendios: si antes se luchaba contra fuegos pequeños y de avance lento, hoy se propagan a gran velocidad y crean fenómenos como los pirocúmulos, nubes que generan vientos erráticos y hacen impredecible el avance de las llamas. En definitiva: el fuego del siglo XXI ha evolucionado, pero los sistemas que lo combaten siguen anclados en el XIX: se concentra una inversión limitada en medios de extinción en lugar de diseñar programas integrales de prevención. Se reacciona ante el problema, en lugar de trabajar para evitarlo. Y no soy un experto, pero creo que resulta evidente que el primer paso es activar una gestión integral del territorio que potencie los cultivos y el pastoreo, que intervenga en los bosques y que dibuje un medio rural vivo. Y eso pasa, indefectiblemente, por repoblarlo. Ya.