Algunos llevaban sombreros, otros las manos en los bolsillos, pero todos tenían el mismo aspecto hostil. Se notaba en el aire un olor a whisky barato y a pocilga». Estos días me ha venido a la memoria “Matar a un ruiseñor”, la novela con la que Harper Lee ganó el Pulitzer en 1961 y a la cual pertenece la cita que abre esta columna. Está extraída del momento de la narración en el que una turba encendida en odio trata de linchar a Tom Robinson, un hombre negro acusado falsamente de violar a una mujer blanca. La ficción navega por las tenebrosas aguas del racismo, la intolerancia y la injusticia en los Estados Unidos de principios del siglo pasado.Desde luego que no estamos en Alabama ni en la Gran Depresión de los 30, pero el caso mediático construido alrededor de los udalekus de Bernedo me ha despertado sensaciones similares a las que evoca la escritora en sus páginas. El linchamiento que han sufrido los monitores y monitoras de estos campamentos no tiene precedentes. Con honrosas pero escasas excepciones, los medios de comunicación han identificado rápidamente el siempre lucrativo filón del morbo y lo han exprimido. Y al olor de la sangre han acudido instituciones, políticos y, no podía faltar, el grupo ultra Abogados Cristianos. Y se me ocurre: ¿podríamos decir que, en los udalekus de inspiración confesional, la habitual visita de los curas a los niños y niñas en los campamentos es un elevado factor de riesgo para su integridad sexual, a la vista del negro historial del clero en este ámbito? No, no podríamos. Supondría prejuzgar y demonizar, valga la expresión. Como en cualquier otro ámbito o circunstancia, si se hubiera producido algún tipo de exceso en el campamento, consciente o inconscientemente, debería esclarecerse. Hasta ahí. Pero ni ser negro en Alabama, ni feminista y euskaltzale en Euskal Herria son motivos suficientes para encender la hoguera y quemar en ella a personas cuyo único delito es el compromiso voluntario e inquebrantable con la educación de los jóvenes en valores progresistas. ¡Ánimo!