Fue como una revelación. El abogado del exrey Juan Carlos de Borbón confirmaba que había «regularizado» ante el fisco 4,4 millones de euros y declaraba a la vez que lo había hecho «sin requerimiento previo de clase alguna». Y entonces lo entendí todo. El Borbón padre no estaba escondido, ni huyendo, ni intentaba descargarse culpas o limpiar su nombre. O, al menos, no solo. Lo que en realidad estaba haciendo era chotearse. Reírse de todo y de todos. Utilizando la situación para hacer un último brindis humorístico al personaje histórico que ha sido.¿Quién si no un maestro de la broma hubiera elegido presentarse ante Hacienda a reconocer su fraude un día después de que el Congreso le homenajease con boato por el aniversario del 23-F? ¿No tiene guasa hacerlo en la misma semana que todos los partidos monárquicos han votado en contra de retirarle la inmunidad? ¿No es obra de un absoluto genio del humor presentar una segunda declaración complementaria en un año, cuando estas deben ser «completas y veraces»? ¿Se puede tener más cara dura que aprovechar el momento para recordar que, pese a que la corrupción chorrea allá por donde pasa, Hacienda ni siquiera le está investigando?Y las declaraciones de Pedro Sánchez, justo después de conocerse la noticia, qué delicia. Mostró su rechazo por las «actitudes incívicas» pero pidió que no mancharan a la institución y acabó afirmando que el hijo había marcado «un antes y un después». Uno casi puede escuchar las carcajadas que debió de pegarse Juan Carlos desde Dubai cuando lo oyó. Todos los partidos que unos días antes habían dejado al Parlamento postrado ante la Monarquía, algo que en Europa dejó de pasar hace unos tres siglos, quedaban ahora en evidencia.Tiene un humor macabro, su majestad. Pero bastante fino. Es el humor de quien se sabe intocable y de quién odia a los pelotas. Bromas que solo pueden nacer de un desprecio infinito por quienes se arrastran para agasajarlo, de las élites que lo encubren, de los medios cortesanos y de un pueblo que le ha reído todas las gracias. El último chiste del tipo por el que todo un país se dejó engañar durante décadas.