La especie humana ha pasado por diversas eras y ha sobrevivido a ellas. Pasó por el Paleolítico y, con la herramienta, al Neolítico; después, con las máquinas, a la Industrial y ahora, con la revolución cibernética, ha pasado a la era Ansiolítica. Cada vez más, los humanos somos automatizados y programados por algoritmos que deciden por nosotros, en función de aquello que creemos nos es más rentable y seguro en aras de reducir la ansiedad provocada por la sociedad del miedo, cuando no por la instauración del terror.Sin duda, el poder, a lo largo de la historia, ha ido perfeccionando los mecanismos para someternos; ha ido concentrándose, haciéndose omnipotente y, a la vez, ha penetrado en todos los espacios y sujetos, haciéndose omnipresente. Hoy, la fabricación de sujetos ansiosos, hipocondríacos y angustiados ante los acontecimientos de su propia vida, y la visión del otro como una amenaza para su salud mental y física, no solo es un gran negocio; también es la culminación del proyecto hegemónico de las élites de poder, que aniquilan o abandonan a la mayoría de la humanidad a su suerte porque les somos innecesarios o molestos. Avanzan a pasos agigantados hacia un mundo hecho a su medida. Si no, explíquenme cómo la concentración acelerada y extrema de la riqueza y del poder es tal que ya el 10% más rico controla el 75% de la riqueza mundial.Pero no seamos catastrofistas, que es lo que pretenden. El mejor remedio contra la ansiedad es apearse activamente de la pesadilla virtual que nos enferma y nos devora. No dar por irremediable una vida sin pantallas a todas horas; no abandonar, sino reforzar, los espacios de solidaridad y apoyo mutuo, cada vez más denostados y, a la vez, más imprescindibles. Solo así el homo postsapiens puede superar esta era del ansiolítico y, a ser posible, revertir su historia. Y, si no es así, al menos los pueblos y las personas que sigamos esta receta, sin duda, viviremos más tranquilos y sosegados, más lúcidos y combativos frente a la confusión con la que tratan de enmarañarnos.