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Lo que dolería la consecuencia de no votar

Entre el vicio de las tertulias de 13TV, las horas dedicadas con gran ahínco a Twitter y terminarme «Limònov» se me pasó el plazo de pedir el voto por correo. «¡Ouch!», que diría Homer Simpson y momento de crisis. Es ahí cuando aparece el enanito de la pereza y uno  termina planteándose que, total, papeleta más, papeleta menos, tampoco se iba a notar. Casi me había autoconvencido, argumentándome a mí mismo lo pesado que es un «Bla Bla Car», lo cansino que resulta el bus y lo inaccesible de la tarifa para ricos del tren (si no hay oferta) cuando me llama un colega. Me cuenta que el domingo está fuera de Iruñea por temas laborales y que hacerse un «ida y vuelta» de dos horas para llegar hasta la urna no le venía bien. Que un voto tampoco tenía tanta importancia. Y de repente, me imagino todas y cada una de las escenas similares que podrían darse en Euskal Herria. Cuántos abertzales podrían estar pensando, en ese mismo instante, que manteniendo intacto su apoyo a EH Bildu, no encontraban el momento adecuado para desplazarse hasta el colegio. La campaña, apática al menos al otro lado del Ebro, y la lejanía con la que percibimos los ciudadanos las instituciones europeas, no ayudan tampoco a la movilización.

Fue en ese momento cuando caí en la cuenta de cómo podía sentirme el lunes por la mañana si, a causa de mi desidia o la de mi colega, Los Pueblos Deciden se quedase a cuatro votos del europarlamentario. Me imaginé a mi mismo dándome cabezazos contra la pared, lanzando juramentos y preguntándome infantilmente sobre por qué cojones no me había persuadido para pillar el puto bus. Llamando a mi colega para lamentarnos porque no se había dejado convencer para que él agarrase el coche. Culpándome por dejación en mis funciones en algo que, en realidad, tampoco me costaba tanto y sí que tenía importancia. Y mucha.

No tardé ni cinco minutos en sacarme el billete.

No pretendo enumerar las múltiples razones para votar en este momento. Creo que Evaristo, por un lado, y Arnaldo Otegi, por el otro, ya lo han explicado, mucho mejor que yo, en dos vídeos. Esta es una reflexión emocional. Creo que ganar siempre es mejor que perder y que en el contexto actual, estar, allá donde sea preciso, es preferible a un hueco vacío. Hace ya casi tres años, cuando Amaiur logró sus épicos siete parlamentarios, escribía sobre la sonrisa rebelde de una monja que me soltó un «agur» a las puertas del colegio electoral de Iruñea que sonó a puño en alto y consigna revolucionaria. Espero que haya seguido sonriendo cada vez que Sabino Cuadra ha llamado «ladrones» a los ladrones en «la cueva de Alí Babá». O ante la histeria desatada en un Congreso español hostil por la reivindicación de los derechos de los presos políticos vascos. Espero que sonría dentro de un año, cuando el régimen navarro se venga abajo. Y el domingo, espero volver a encontrármela a la misma hora y saludarnos con la misma complicidad de quien sabe que democracia no es solo una papeleta. Y se consigue a través de una lucha en la que el salto a Europa es un punto y seguido para seguir peleando.

Allá tocará ejercer de lobby y voz de los represaliados, dar apoyo y contribuir a los procesos de soberanía en Escocia y Catalunya al tiempo que se prepara la Vía Vasca y tocará establecer alianzas con representantes de las clases populares de otros pueblos para contruir una Europa diferente. Mientras tanto, seguiremos debatiendo y discutiendo. Pero antes de todo eso, toca votar. Claro que el 25 no se acaba el mundo. De hecho, está previsto que, como todos los días, siga girando el 26. Y el 8 de junio estaremos haciendo una cadena humana junto a Gure Esku Dago. Y tendremos mil barricadas. Y ganaremos. Porque ganaremos. Pero la pelea urgente, ahora mismo, es el voto que les duele. Porque más nos dolería a todos nosotros las consecuencias de no votar. 

 

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