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¿Los locos no eran los romanos?

El martes por la tarde, durante el debate sobre la Proposición no de Ley sobre autodeterminación, el Congreso español se convirtió en el circo de Roma. Solo que con una anomalía. En lugar de combatir a los romanos, supuestamente el enemigo, algunos galos decidieron que eran sus compatriotas y no los centuriones los que merecían sus mandobles. Todo ello, frente a unos invasores inamovibles, pétreos, que mantenían sin fisuras una impenetrable formación de testudo elaborada a base de gruesos tomos de la Constitución española. Si en lugar de un escriva procedente de la tribu bárbara hubiese sido el César, me hubiese sentado divertido a comer palomitas (o higadillos de erizo, bazos de ocelote o morros de nutria) mientras los aborígenes se daban de tortas. ¿Cómo si no explicar que durante todo el debate el portavoz del PNV, Emilio Olabarria, dedicase más energías a cuestionar a los independentistas de izquierdas que a reprochar al ocupante su cerrazón por negar el derecho a decidir?

Al escuchar la lista de los agravios jelkides y su sesión de autobombo uno se planteaba si, verdaderamente, ese era el momento. Si, frente a la diatriba del PP, criminalizando toda demanda soberanista y el plato único del PSOE, federalismo para desayunar, comer y cenar, ese era, en serio, el lugar para sacar a relucir las cuentas pendientes. Es decir, por supuesto que tendremos que decidir entre las vascas y los vascos los tiempos, el procedimiento y hasta el color de las papeletas. Pero, supuestamente, frente al muro del «no» del Estado, lo lógico sería hacer causa común con un objetivo básico en el que, aparentemente, todos estaban de acuerdo. Y luego, en casa, ya hablará la sociedad vasca. Mientras seguía las intervenciones no paraba de recordar las palabras de Iñaki Antigüedad a Josu Erkoreka sobre los monjes y los salchichones y el lugar en el que discutir sobre ellos pronunciadas durante el debate de investidura.

También es cierto que me asaltó la certeza de que, al menos en el caso jelkide, eso de la autodeterminación no dejaba de moverse en el plano de lo hipotético. Sacar a pasear el historial me parece estupendo. Pero, si plantear esta cuestión en el Congreso español no era un buen paso en el camino hacia la independencia, ¿se puede saber cuál lo es? ¿Dónde está la hoja de ruta? ¿Cuáles son, al margen de los recursos retóricos, los próximos movimientos? ¿Que tu policía le parta la cara a una senadora abertzale para abrir paso a la Guardia Civil mientras arresta a ciudadanos vascos por su actividad política? ¿Pactar en la CAV con la gestión con los mismos que tanto en Gasteiz como en Madrid cierran el candado de la autodeterminación? ¿Reeditar Ajuria Enea? Desde luego, creo que ninguna de estas opciones aparecen como las preferidas de quienes, desde la base o los batzokis, aspiran a la construcción de un Estado vasco.

Cierto es que los partidos catalanes también tuvieron su tira y afloja. Pero, en su caso, existe un proceso nítido en marcha, con una sociedad civil vigilante que no dejará pasar los vicios partidistas. Sus diferencias hay que leerlas en otra clave y seguirán expresándose en los próximos meses.

Ayer, en el Coliseo, me dio la sensación de que, por una vez, quienes estaban locos no eran los romanos.

Con lo fácil que es defender la poción mágica, que no es otra que la democracia para lograr soberanía. Y si el César se cierra en banda, actuar en consecuencia.

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