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Sentados mirando cómo flotan los muertos

Nadie podrá decir que no sabía que las peores tragedias en el mar Egeo estaban por venir. Ninguno de los líderes europeos que han dedicado tantas horas a hablar sobre indecentes cuotas ya superadas podrá eludir su responsabilidad y afirmar que los naufragios y los muertos flotando en su chaleco naranja le pillan por sorpresa. Todo ha seguido su curso tal y como estaba previsto. La infamia en las costas de Lesvos es la justa medida de la deshumanización de una Europa que se escandaliza con los cadáveres junto a su orilla pero nada ha hecho para evitarlo más que sentarse a ver cómo la corriente se lleva los cuerpos. Seguirán viniendo, porque la determinación está tomada y lo que queda atrás es bastante peor. Y seguirán muriendo, porque en lugar de facilitar un camino seguro los estados siguen discutiendo sobre el sexo de los ángeles, dejando a las aguas embravecidas ejercer de barrera natural y condenando a escasos voluntarios a echarse sobre la espalda la responsabilidad de todo un continente. 

Hace un mes, cuando las aguas estaban tranquilas y diariamente desembarcaban entre 2.000 y 3.000 personas en Lesvos, el principal comentario de todos los que nos encontrábamos en aquella isla griega era que todo era susceptible de empeorar. Lo único realmente seguro era la llegada del otoño y, con él, el empeoramiento de las aguas que incrementarían los naufragios. Sabíamos que los siete kilómetros que tienen que recorrer las precarias embarcaciones se convertirían en travesías imposibles para gente asustada, perdida y sin tener siquiera el recurso de saber nadar. 

Todos lo sabíamos. Era un comentario generalizado. «A ver qué hacemos en otoño», repetían los pocos miembros de ONGs desplazados hasta el terreno. «A ver qué pasa en otoño», insistíamos los periodistas. «En otoño la situación será mucho peor», reiteraban los vecinos de un municipio como Mytilene, cuya población se ha duplicado y ahora casi hay más sirios y afganos que griegos. ¿Qué hacía Europa mientras tanto? Negociar con Turquía algún acuerdo vergonzante para convertirles en perros guardianes y discutir entre los estados sobre cupos de refugiados que, en la práctica, ya se habían sobrepasado desde antes incluso de sentarse a la mesa. Como ocurre en Marruecos, es mejor pagar a otros para que perpetren las barrabasadas y mirar hacia otro lado que afrontar las responsabilidades.

Con el dinero que cada uno de los refugiados lleva en sus precarias bolsitas impermeables podrían haberse fletado decenas de aviones desde Estambul. En las costas turcas un turista puede coger un ferry hasta Lesvos. Cuesta 20 euros. Son 60 para llegar a Atenas. Imaginemos cuántos podrían viajar de un modo seguro por los 1.200 euros que paga cada uno de los exiliados a quienes hemos obligado a recurrir a mafias sin escrúpulos. Solo era necesario un corredor humanitario seguro. Bastaba con no sentarse a mirar cómo nos llegan los muertos flotando. 

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