Es habitual que los premios Nobel den mucho de qué hablar. A menudo reflejan la pretensión de universalidad del eurocentrismo: el mundo visto (y premiado) desde Occidente, desde la premisa de que el mundo civilizado, el que está en condiciones de decidir qué merece un premio, es, por supuesto, el propio Occidente. No nos puede extrañar que los galardones expresen las contradicciones y las peripecias de ese occidentalismo, como ha ocurrido con los de 2025, especialmente con lo de paz y economía. Una virulenta líder de la extrema derecha venezolana y economistas defensores de la lógica depredadora del capitalismo presentada como avance científico. ¡Vaya sorpresa! En este último caso, más allá de la «mano invisible» del mercado, se premia la apología de la garra destructora del capitalismo. Llama poderosamente la atención que en pleno genocidio sionista se avale la denominada «destrucción creativa» como clave del desarrollo económico. En resumen, la idea es que destrozando, se crece, lo que implica justificar la aniquilación de todo aquello que impide la expansión del capital. Es difícil expresar con mayor claridad que la apuesta de Occidente para evitar perder la centralidad que ya ha perdido es destruir cuanto sea necesario en nombre de la civilización y el crecimiento económico. Esto es terrible, porque esta voluntad aniquiladora es uno de los hilos que unen liberalismo y fascismo. La destrucción creativa es la épica que alimenta a las extremas derechas que sacuden el planeta. ¿No era acaso el plan de Hitler una gigantesca destrucción creativa, una hecatombe que iba a dar lugar a un mundo nuevo de prosperidad? El capitalismo solo puede salir de las crisis que provoca mediante más destrucción. Y esto, cuando la crisis ha llegado a poner en cuestión la viabilidad de la vida humana tal y como la hemos conocido en los últimos millones de años, es de una extrema gravedad...