Por si alguien tenía alguna duda, cuando Aznar lanzaba aquello de «quien pueda hacer, que haga», no se refería a encender velitas a ninguna virgen ni santo. Estaba llamando a intensificar la presión contra el Gobierno de Sánchez por todos los medios posibles y en esa invitación resumía la lógica autoritaria del régimen del 78, en base a la cual todo es aceptable, sea democrático o no, cuando se trata de preservarlo. El expresidente del Gobierno español pudo matizar sus palabras, estaba en su mano aclarar que se refería a las acciones totalmente legales y democráticas que una oposición puede llevar a cabo para intentar desgastar un gobierno. Pero no lo hizo, porque, en realidad, apelaba a todos los mecanismos al alcance de los suyos, lo que incluye la utilización de dispositivos de Estado (judicatura, Policía, etcétera) y de otro tipo (fake news, campañas de difamación y acoso) sin reparo alguno. A la vista está que el deseo Aznariano está dando sus frutos. Las acusaciones contra personas del PSOE son tramitadas con inhabitual celeridad y aireadas a los cuatro vientos mientras las gigantescas tramas del PP (con varios exministros en el ajo) se mueven a velocidad de caracol y son ocultadas en los grandes medios. La justicia española que no encontró un solo responsable de los crímenes franquistas, que no fue capaz de identificar a la X de los GAL ni de aclarar quién podría ser el enigmático M. Rajoy, escudriña cada respiro de las personas que ahora han sido puestas bajo la lupa. No se trata, por supuesto, de pasar por alto acusaciones en algunos casos muy graves. Pero, en realidad, si se confirmaran, lejos de reafirmar las bondades del régimen del 78 en cuyo nombre se persiguen, nos demostrarían que el problema es la continuidad de la lógica de ese régimen y que, por tanto, nadie tendría menos legitimidad para rasgarse las vestiduras que los seguidores de la orden aznariana.