Con los puntos ferroviarios recopilados, el humorista Patrice Coquereau ha decidido lanzarse a recorrer Canadá en tren dejando atrás su Quebec natal. Para su sorpresa, o no, en su periplo de cinco semanas, Coquereau ha descubierto que culturalmente «el bilingüismo es unidireccional», es decir, que los francófonos sí se interesan por lo que ocurre en la otra lengua, pero a los monolingües anglófonos raramente les provoca algún interés lo que sucede en su idioma vecino. Es un sentimiento que se replica aquí, en este extremo occidental de Europa, donde a los monolingües galos les resulta incluso irritante que esas lenguas que despectivamente denomina «regionales» luchen por su supervivencia, como ocurrió este pasado sábado con Seaska en Baiona. Al contrario que el francés en Quebec, donde es un idioma oficial, el único por cierto desde 1977, ninguna de las lenguas que se hablan en el Hexágono poseen una defensa legal que les permita recuperarse de un oscuro siglo XX, durante el cual la República ha intentado exterminarlas llevándolas hasta donde se encuentran hoy día, en vía muerta. No podemos cambiar de dirección y no serán los monolingües quienes lo hagan por nosotros, pero tenemos puntos suficientes como para cambiar de vía y aprender de su inclinación a ignorarnos.