La ultraderecha gana las elecciones en uno de los estados del país que engendró el nazismo hace un siglo, y su líder es una mujer abiertamente lesbiana. A ver, ella no se identifica como lesbiana, pero tampoco oculta estar casada con otra mujer, con quien tiene dos criaturas. Las lesbianas fuimos exterminadas, junto a nuestras hermanas de barracón maricas y trans, a lo largo y ancho del siglo XX; a nosotras, en los campos de concentración nazis nos diluyeron junto a otras asociales, prostitutas incluidas, bajo el triángulo negro invertido. Pero que la abominable líder del pujante AfD sea lesbiana no armarizada no es una hipocresía suya, ni siquiera una contradicción. Mientras defienda a las clases privilegiadas y sirva de espejismo para las clases no tan privilegiadas que aspiran a serlo, mientras aparente mantener una familia tradicional, en realidad no hay ningún problema en que Alice Weidel sea lesbiana. Una lesbiana funcional al capitalismo y a las fronteras imperiales, una lesbiana supremacista, es más que bienvenida en el nuevo fascismo. Nuestros comprensibles pánicos identitarios, traumas arrastrados del siglo XX, nos ofuscan señalando al enemigo. Aunque no tanto. Recuerdo parodiar una boda bollo en la Ciutadella barcelonesa, en mamarracha crítica al matrimonio gay que se avecinaba. 2005. No, no estábamos en contra de ganar derechos, sino de perder radicalidad, de ser domesticadas y olvidar nuestro loco afán de rehorizontalizar este mundo. «La potencia política queer emerge en su capacidad intrínseca para desafiar las bases mismas sobre las que se asienta la ideología de extrema derecha: la normatividad, la homogeneidad, la autoridad, la violencia y el abuso de poder. Y quiero creer que también en la capacidad de generar un horizonte político de cambio radical, más allá de la mera reacción a los ataques, mediante la autoorganización, la politización y la defensa de espacios propios en las calles». Lo dice mi amada socióloga meiga bollera Fefa Vila.