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Explosión en Líbano, implosión en un País de los Cedros a la deriva

Más allá de las causas concretas de la devastadora explosión que sacudió Beirut, y que recordó a los episodios más sagrientos de la guerra civil que anegó el país entre 1975 y 1990, el dramático suceso evoca la deriva de un Estado que se podría calificar poco menos que fallido y en el que nada funciona, no ya el almacenaje seguro de sustancias peligrosas sino ni siquiera la recogida de basuras.

Mientras los beirutíes siguen recogiendo sus muertos y rescatando a los miles de heridos de entre los escombros, no es difícil aventurar que el luto dará paso a la ira. Una ira que llevaba ya meses larvándose en la calle en el marco de una ola de protestas que estalló a finales del año pasado por la imposición de una tasa a las llamadas por móvil y que se convirtió en la exigencia de un cambio del régimen instaurado tras el final de la guerra civil, y que cimentó un reparto sectario, y por tanto clientelar, del poder político entre los dirigentes de las distintas etnias y religiones del país árabe.

En este contexto, la potencia de la explosión del martes rememoró en más de uno el atentado de 2005 contra el que había sido primer ministro libanés, Rafiq Hariri. Y paradójicamente, tiene lugar justo tres días antes de que el Tribunal especial de La Haya dicte el viernes sentencia en torno a la autoría del magnicidio.  15 años para dilucidar la verdad -judicial– de un caso en el que no pocos ven la mano de Damasco (y de Hizbullah).

Sea cual sea el veredicto, una cosa está clara. Los cedros ya no sostienen al país que les debe su nombre. Pobre Líbano.

 

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