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Johnson se tira a la piscina (¿con agua?)

Apremiado por el calendario, el premier britáinico ha decidido forzar la votación el sábado de la última versión de un acuerdo para una salida ordenada de la UE.

Un acuerdo en el que, al asumir el establecimiento de una «frontera» en el mar de Irlanda, Johnson va más allá de las cesiones de su antecesora, Theresa May sobre el espinoso tema irlandés. No obstante, ese trágala le permite que el resto del Reino Unido no siga adscrito a una unión aduanera con «el resto del continente».

Pero no es Johnson el único que cede. Hastiada de prórrogas e igualmente apremiada, la UE, y sobre todo Irlanda, consiente en que la Asamblea de Stormont  avale o rechace, en 2025, el mantenimiento especial del derecho comunitario en materia de aduanas en el norte de Irlanda.

Un guiño, aderezado con promesas de inyecciones económicas, con el que el inquilino del número 10 de Downing Street, aspira a convencer siquiera a una parte de los 10 diputados del unionista DUP para que avalen su propuesta. Johnson espera que estos sientan que es el acuerdo menos malo al que podrían aspirar.

Similar argumento con el que quiere convencer a los 28 diputados tories partidarios de un Brexit duro. Cuenta además para ello con que su acuerdo prevé una salida clara de la UE para Inglaterra, y de paso (e impuesta) para Escocia y Gales.

La incógnita reside en qué harán los 21 diputados tories rebeldes purgados por el propio Johnson. Todo apunta a que la mayoría avalará una salida no abrupta del acuerdo, pero algunos de ellos ya avanzan que aspiran a una ruptura menos traumática que la que propone Johnson y podrían votar en contra.

Este último necesita a todos ellos para llegar a los 320 votos que aseguran la mayoría parlamentaria. Y, de no lograrlos, confía en suplirlos con los 19 parlamentarios laboristas de circunscripciones brexiters que han firmado una carta en la que rechazan una nueva prórroga y se muestran a favor de respaldar un acuerdo.

 

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