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Tanto monta, monta tanto, un dron «huthí» como un misil iraní

Tras el ataque contra instalaciones petroleras estratégicas saudíes la cuestión ha derivado en un cruce de acusaciones y desmentidos sobre su autoría.

Ocurrió lo mismo a comienzos de verano, cuando varios petroleros saudíes y emiratíes fueron saboteados en el Estrecho de Ormuz.

Es evidente que identificar la autoría, el origen y las circunstancias de un ataque que ha puesto a temblar el mercado mundial de hidrocarburos tiene su aquél.

No es lo mismo que lo hayan lanzado los huthíes con sus drones bombarderos de última generación «Samad 3» y con un radio de acción de 1.500 kilómetros. O que, como sostiene EEUU, lo haya hecho Teherán con misiles de crucero lanzados desde Irán o incluso ¡desde su protectorado de Irak». Y qué no decir de la hipótesis de que el ataque hubiera sido lanzado desde el mismísimo interior de Arabia Saudí, concretamente en su provincia oriental, poblada por una discriminada y reprimida mayoría chií, pero que es la que alberga los principales pozos, refinerías y oleoductos de la satrapía del Golfo.

Todas estas hipótesis son a cual más interesantes, incluso inquietantes, y tienen consecuencias distintas y gravísimas en el ámbito de la paz internacional pero desvían el debate de la cuestión esencial.

Arabia Saudí, que gastó en 2018 en compra de armamento 65.000 millones de dólares, es incapaz de asegurar sus instalaciones petroleras y su vital suministro al mundo. Y eso tiene que ver mucho con la evolución de la tecnología y su acceso, cada vez más barato. Bastan unos drones para poner en riesgo cualquier infraestructura vital. Asistimos a una evolución de lo que se conoce como guerra asimétrica que, conviene recordarlo, tuvo en el 11-S uno de sus primeros hitos.

Dicho esto, y dando por sentado que pocos están en condiciones de defenderse con éxito de ataques de este tipo (expertos militares aseguran que para ello se necesitaría un sistema de defensa ultraperfeccionado como el que dispondría parte de la V flota estadounidense), convendría asimismo recordar que pocos son a su vez los capaces de coordinar un ataque como el que nos ocupa.

De coordinarlo, y de aprobarlo. Porque estamos hablando de una peligrosa jugada de ajedrez. Trump y los saud lo fian todo a ir desgastando económica y socialmente a Irán para provocar el desplome de la República Islámica.

Irán ya ha advertido por activa y por pasiva que no se quedará impasible sin poder vender su petróleo o haciéndolo a escondidas con la ayuda de Rusia y China.

En este contexto, Arabia Saudí y sus monarquías aliadas ven cómo su suelo de petróleo y gas puede temblar bajo sus pies.

Trump, que ve cómo su estrategia empresarial bravucona hace aguas con Irán, urge a su aliados a que aclare hasta dónde está dispuesto a llegar.

Mohamed Ben Salman (MBS), ministro de Defensa y hombre fuerte de los saud, se mesa la barba. Con su ejército empantanado en Yemen, mira con creciente recelo no ya al sur sino al norte, al este e incluso al noroeste. MBS tiene un problema. Y lo sabe.

 

 

 

 

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