No digo nada nuevo si afirmo que los trágicos sucesos de Ceuta han revuelto el panorama social y político y han conseguido sacar a la calle la indignación del lado más oscuro y xenófobo del nacionalismo español, además de ser utilizado como arma por la oposición contra el Gobierno del PSOE. Se han podido ver muchos intereses detrás del tema, mientras hay todavía cientos de migrantes vagando y malviviendo por las playas y calles de Ceuta, sin olvidar a los que han muerto en el intento. Indudablemente, este asunto tiene muchas aristas, pero no se puede obviar que el tema de los flujos migratorios, de lo que significa la solidaridad, de qué papel les toca a las instituciones o de qué derechos y deberes tienen las personas migradas respecto al país de acogida (cuando las acoge) es y será motivo de debate en nuestras sociedades durante mucho tiempo. Y a algunas personas les sale el animal que llevan dentro. Y es preocupante, porque determinados prejuicios se extienden entre la gente suavemente, casi sin que nos demos cuenta. He oído más de una vez que la sociedad vasca no está inmunizada frente a esa desconfianza hacia el que es diferente por sus rasgos étnicos, por su forma de vestir, por sus costumbres, por su idioma, por su religión... O por su pobreza. Incluso hay gente que se siente discriminada por los supuestos privilegios de que gozan por parte de las instituciones democráticas. Nadie está inmunizado, es verdad. Pero también hay lugar para el optimismo. La portavoz de EH Bildu en el Parlamento de Nafarroa, Laura Aznal, afirmó que el modo en que acojamos a las personas migrantes ha de ser «un motivo de autoestima colectiva». Me pareció, además de acertado, bonito. Sería maravilloso poder sentirnos orgullosos como sociedad, tanto la ciudadanía como las instituciones, de nuestra práctica ante el que es diferente y vulnerable. Un dato interesante: Nafarroa es, por el momento, la única comunidad autónoma que ha materializado la acogida de niñas migrantes de Ceuta y Lakua lo está negociando.