Esa frase en latín, que significa «De muchos, uno» fue durante más de dos siglos el lema que pretendía reflejar la diversidad y, a la vez, la unidad de la sociedad estadounidense. En un principio, se utilizaba sobre todo como concepto político y más tarde sirvió de debate en torno a la pluralidad y cohesión de su ciudadanía. Hasta que con la Guerra Fría se sustituyó por «In God We Trust» (En Dios confiamos), que pretendía ser una declaración de principios anticomunista. Pero todavía se puede ver el antiguo lema inscrito en monedas y documentos oficiales. Además, la frase ha servido desde finales del siglo XX como fondo de la discusión sobre las políticas de multiculturalismo e inmigración en los Estados Unidos. Es más, hay quien recurre a dicho lema para rechazar la extrema polarización política del país y plantear el espíritu profundamente democrático que se le puede y se le debería asignar. Porque, aunque las reflexiones filosóficas sobre la democracia nacieron en Europa, Estados Unidos aportó la primera república moderna frente a una Europa que vivía bajo regímenes monárquicos absolutistas. Y, hoy en día, muchas de nuestras reflexiones sobre la idea de comunidad y comunitarismo, de la democracia deliberativa o del posible sesgo colonialista de nuestro pensamiento, tienen su origen en intelectuales y movimientos sociales estadounidenses.Y la mayoría de los votantes de esa sociedad ha elegido como presidente al ultraconservador Donald Trump. «E Pluribus Unum» se torna un lema irónicamente trágico si lo aplicamos a la política internacional del Gobierno de Trump, porque simplemente parece que pretende poner bajo un único mando, el suyo, la diversidad política de la mitad del planeta. Al estilo de los antiguos emperadores romanos. Y no necesita hablar de derecho internacional. Como pudimos leer el domingo en la entrevista a un exmiembro de las FARC: «Ya no es América para los americanos, sino el mundo para los americanos; es decir, para el capital».