La afirmación «Soy humano y todo lo que es humano no me es ajeno», atribuida a Publio Terencio Africano, forma parte de una comedia escrita nada menos que en 165 a. C. Desde entonces, ha sido utilizada en muy diversos contextos culturales y políticos y con diferentes objetivos. En nuestra cultura occidental moderna, si es que existe algo parecido, no compartimos la visión de lo humano con el autor de la frase. Para empezar, supongo que los esclavos no entraban en esa categoría y desconozco si pensaba en las mujeres cuando hizo tal reflexión. La idea de que existe un ser humano universal con una serie de derechos inalienables es relativamente nueva y, además, está en constante cambio. Hay mucha gente que promueve desterrar ese antropocentrismo donde el ser humano es el rey y tanto los animales como la naturaleza solo están para servir a sus necesidades. Pensamos que los animales también tienen derechos y que hay que respetar los ciclos y la diversidad de la vida natural, por encima de nuestras apetencias. Conozco a mucha gente que suscribiría esto sin ningún problema. Pero harían falta muchas columnas como esta para establecer cuál es la característica que define lo humano.Más de una vez he leído que la compasión por el sufrimiento de los seres humanos, sean quienes sean, forma parte intrínseca de nuestra moral y, en cierta medida, así se podría interpretar la famosa frase. Estoy de acuerdo. Compadecernos del dolor de los demás es algo que nos hace humanos. Por eso, en estos días, decir «No a la guerra» es una expresión máxima de compasión por el dolor ajeno, aunque no seamos capaces de imaginar ninguna alternativa política concreta. Quizá tampoco es nuestro deber. Queremos que pare el miedo, el hambre, los desplazamientos y, en suma, el sufrimiento de la sociedad civil. Habermas, recientemente fallecido, dijo que los derechos humanos se pisotean una y otra vez, pero algunas veces también se cumplen. Pues eso queremos: que se cumplan.